viernes, 28 de junio de 2013

SURFEAR


-La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin, declaró Thomas Bernhard en una entrevista. Me doy de bruces con esta frase que aparece resaltada, bien remarcada en el contexto de un artículo en torno a "verdades inmutables" encontrado en una revista de una sala de espera de un aeropuerto. Me quedo casi sin respiración entre la contundencia de Bernhard y la contundencia de la idea tan tremendamente sospechosa de "verdad inmutable".-
Enrique Vila-Matas

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Contesto un correo de María, que no se llama María, en el que me cuenta en lo que se encuentra enfrascada, y me da una envidia feroz. Anda liada con un proyecto en su cabeza, con algo que la tiene encantada, filosofando y esas cosas; buscándose a sí misma, intentando recuperarse y disfrutando de esa persona que la acompaña en ese camino y que, según me dice y me transmite, ama su trabajo.

No hay nada como entusiasmarse con algo y ser capaz de entusiasmar a otro con lo propio.  Eso es precisamente lo que le contesto a María y, sin quererlo, termino dando vueltas a “eso” que tengo yo en la cabeza desde hace meses pero que las obligaciones han ido aparcando para momentos mejores, tiempos en los que lo perentorio no lo sea tanto y pueda, sin remordimientos, dedicarle el tiempo preciso. 

Pero ¿Y si nunca llega el momento preciso? ¿Y si voy demorando proyectos que nunca pasarán de eso porque siempre habrá algo perentorio que los aparcará sin más? Pienso en mi padre. Murió con 67 años después de batallar durante casi dos años con un cáncer feroz. Durante años le escuché hablando sobre las cosas que haría cuando se jubilara. Y sí, hizo cosas: ir del hospital a su casa, de su casa al hospital y así durante dieciocho meses. Ese tiempo, su tiempo, el que pedía para él, para sus cosas, no llegó jamás.

Esta misma mañana, alguien me decía que todo llega, que el tiempo coloca las cosas donde deben estar, pase el tiempo que pase. Pero yo ando algo descreída últimamente, para mi desgracia. El tiempo lo único que hace es pasar rápido, muy rápido. Puede que por eso precisamente, porque puede que mañana no llegue, o que el que llegue no sea como esperamos, no debamos demorar algunas cosas, ni disgustarnos por inconvenientes menudos, por cuestiones irresolubles. 

Las cuentas pendientes siempre pesan, mucho. Y el lastre no sé si conviene. 

Me he hecho una promesa después de contestar el correo de María: No dejar de entusiasmarme, no dejar de sorprenderme, aunque para ello tenga que recordármelo cada día cuando el desánimo se presente en forma de segundero que no cesa.