jueves, 6 de junio de 2013

DE MULTAS Y MERLUZOS


Si por cada idea peregrina que se apunta por ahí me dieran un euro, o incluso un céntimo de euro, a estas horas puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que mi cuenta bancaria estaría más saneada que las arcas de Bill Gates.

La última no tiene desperdicio: El Estado, papá Estado, está pensando en multar a los padre de aquellas criaturas que, por su estúpida manera de entender el ocio, caigan en coma etílico en más de una ocasión.

No seré yo quien se meta en el jardín de discutir si estamos ante una sociedad excesivamente permisiva con nuestros jóvenes, si el ejercicio de la responsabilidad parental está más que descafeinado, en algunos casos. Y digo que no seré yo quien lo haga porque la cuestión tiene la suficiente enjundia como para un estudio antropológico que se escapa de las bondades de un texto simple como éste.

Pero, vuelvo a lo anterior y a las extravagantes ideas de quienes nos gobiernan. Hasta donde yo sé, que puede que no sea mucho, cada uno somos responsables de nuestros actos, sea uno mayor de edad o no, salvo que sea un inimputable o carezca de capacidad de discernimiento y/o control de sus capacidades volitivas y cognoscitivas.

Esta idea de la propia responsabilidad, que entronca con la de la libertad de actuación de cada uno, se recoge ya en cualquier ordenamiento jurídico moderno, y, lo que me parece casi tan importante como lo anterior, en toda cabeza en la que rija un mínimo de cordura.

Me explico acudiendo, a modo de ejemplo, al sistema penal de menores (ese dirigido a castigar al autor de un hecho malicioso, a reparar a la víctima y a prevenir, mediante el ejemplo, que puedan sucederse nuevos hechos como el llevado a cabo por el autor de la fechoría penal). Cuando un niño (siempre y cuando haya alcanzado los 14 años de edad, en caso contrario, no es responsable penalmente), comete un acto que por su naturaleza se puede considerar una infracción penal, es él y solamente él, el que personalmente responde por el mal causado. Es cierto que la responsabilidad civil (indemnizar, restituir o reponer) que se derive de esos hechos se traslada a sus padres por mandato de la Ley, de manera que son los adultos, responsables de ese menor, quienes responden de las consecuencias dañinas que han ocasionado los hijos que están bajo su responsabilidad parental (la famosa patria potestad).


Sin embargo, responder civilmente del mal causado por un tercero, no es lo mismo que el castigo –personal o económico- por la infracción cometida por ese tercero. En el ejemplo que ponemos, el del menor de edad tampoco. Así, si un niño mata a una persona, no serán sus padres quienes terminen internados en un centro por la muerte causada por su hijo; y tampoco serán los padres quienes queden bajo una libertad vigilada o realizando trabajos en beneficio de la comunidad, ni recibirán la amonestación del Fiscal de menores si el niño en cuestión provoca cuantiosos daños en el mobiliario urbano tras una trifulca. No. Será el menor quien cumpla con el “castigo” que judicialmente se le imponga, aunque sean sus padre quienes, como he dicho, se vean obligados desde el punto de vista civil.



Pero vuelvo a lo de los comas etílicos. Si un menor, por el motivo que sea (y que en estos momentos no me interesan para nada), bebe hasta colocarse al borde de la muerte, no son sus padres quienes deben ser sancionados mediante multas económicas. La actuación que debe llevarse a cabo, si es que el Estado debe llevar a cabo alguna, es prevenir, junto con la familia (que es, o debería ser, el verdadero valedor y referente educativo del menor) para que ello no vuelva a suceder. Multar a unos padres, que mucho o poco saben de lo que sus hijos hacen cuando salen de casa, que mucho o poco atienden a sus hijos y se preocupan de sus cosas, no tiene ningún sentido si no es el del maldito ánimo recaudatorio de papá Estado.

A mi parecer, la única medida que cabe en estos caso, salvo la preventiva y, si se quiere, la posteriormente reeducativa de estos chavales que no saben que juegan con fuego cuando se amorran al cuello de una botella, no es otra que la de hacer que el menor, de un modo u otro, tome conciencia de la situación de riesgo en la que se ha colocado, de lo inadecuado de ello y que sus padres (sin perjuicio de que después repitan contra su propio retoño, que es lo que realmente debería ser), como responsables de su hijo que son, cubran el coste sanitario que ha provocado que una tarde o una noche de juerga su hijo se pusiera a beber como un merluzo hasta perder el sentido y acabar en un box de urgencias.

El resto: las multas, un auténtico despropósito y mi hucha imaginaria engordando día a día.