miércoles, 22 de agosto de 2012

GUARRI-BUFETT LIBRE


De un tiempo a esta parte han proliferado una clase de restaurantes que más que darte de comer, te “echan de comer”. Para acceder a ellos debes hacer una cola inmensa, plagada de personas que con ánimo festivo vociferan y exclaman a grandes voces las bondades del llamado “buffet” libre. Los odio. Mucho.

Como la moda no incomoda, esos mal llamados restaurantes crecen y se multiplican por todos los rincones de la ciudad, incorporando exóticos simulacros de cocina que van desde la pasta italiana, a los asiáticos woks, pasando por dudosos mariscos de ultramar. Junto a sus puertas, terroríficas colas bajo el reclamo de carteles que anuncian que por módicos precios te dan de comer.

Pero para la que suscribe, la comida, además de un acto esencial para la vida humana es también, en gran medida, un acto social, un momento de gran disfrute y descanso cuando se rodea no sólo de las personas adecuadas (no siempre imprescindibles), sino del ambiente y las viandas apropiadas. No hablo de lujos, ni de manjares exquisitos, sino de lugares que se nos hagan agradables por el motivo que sea, que el ambiente sea distendido, sin tensión y  que la comida sea deliciosa incluso en su más absoluta sencillez.

Es por eso que no soporto esas masificaciones que discurren paralelas a vitrinas que mantienen la comida precocinada bajo una refrigeración brutal o unas lámparas infrarrojas que la recalientan hasta casi hacerle cobrar, milagrosamente, vida propia. En alguna ocasión he llegado a pensar que alguna gamba posada en un plato de paella terminaría saludando ávidamente a los futuros comensales que se debatían frente a ella entre la paella y el arroz negro.

De ahí que yo no tenga ningún resquemor en afirmar que más que darte de comer, te “echan de comer”. En las pocas ocasiones que, entelerida, he tenido que sentarme en la mesa de alguno de estos tugurios, la comida ha sido la mar de desagradable, no he probado bocado, incluso cuando la compañía era estupenda. 

El volumen del personal vociferando desde las barras mientras rellena, incansablemente, vasos con líquidos elementos que brotan de unas fuentes estratégicamente situadas que van licuando polvo y agua como si fuera ambrosía, donde los manteles brillan por su ausencia y las servilletas lo hacen en toda espledorosa celulosa; presidido todo por esa nauseabunda sensación de que la gente no come, ni se alimenta, sino que engulle (porque es barato) a base de estrafalarias combinaciones calóricas, me horroriza.

Comer es esencial pero también un gusto y un placer. Un puchero en una mesa con mantel y servilleta no es comparable a esas bazofias que simulan exquisitez y sofisticaciones culinarias que no son más que barbaridades gastronómicas. Por poner un ejemplo, he visto paellas valencianas que parecían arroz hervido en una cloaca del Rajastan, raviolis de pera, prosciutto y chocolate que daban miedo, junto a unos fetuccinis tiesos como la mojama, makis que servirían para apuntalar una mesa y otras presuntas delicatesen a precio de fanfarria.

Pero todos tenemos nuestra cruz, yo también, una en forma de cuñado que le apasionan esos antros y que, por mor de no crear un cisma familiar, tolero una vez al año, sabiendo que será otra quien, el resto de meses y días, se verá convidada a comer en semejantes cochiqueras. 

A mí,  salvo un triste día en el mes de agosto durante el cual me gano el cielo, no me busquen por ahí.