domingo, 12 de agosto de 2012

MONTPELLIER


Al llegar a medio camino, sin avisar, cambiamos de sentido y le damos la espalda a lo que sea que tenga que venir. Emprendemos la marcha con un ligero tirón, como los de antes, sólo que la máquina que tira no es de vapor. Cuento cinco personas en todo el vagón y no me cuesta nada pensar que el resto del tren viaja vacío. 

Atravesamos campos de trigo tronchados por un viento africano que nos aplastó el ánimo y la voluntad. Al respirar, pienso en ese aire que ayer nos llenaba los pulmones de tierra caliente. 

Miro el reloj y de reojo, por el ventana, veo lo que parecen unas golondrinas sobrevolando, a ras de suelo, los restos de lo que fue un inmenso manto de espigas, hoy quebrados por el lebeche inmisericorde. Durante unos minutos, y hasta que las pierdo de vista, sigo el trazo de su vuelo cada vez más lejano, más insignificante.

Sólo son las diez. Mientras hace girar su copa,  me pregunta qué es lo que esperaba. Apenas puedo contestarle que cierta apariencia de indiferencia, y que la apariencia pareciera de una firmeza inquebrantable, sólo eso, pero no sé hacerlo mejor.

Mantengo en la boca el último sorbo de un vino áspero, el único que encontramos entre las cajas a medio deshacer de una cuarta mudanza. Le aumento la temperatura retrasando el momento de tragarlo, convirtiendo mi aliento en mi propio Poniente abrasador. Me entretengo, sabiendo que, cuando la última gota se deslice por la garganta, un ligero mareo me enturbiará la vista, enmudeceré y que la pared que nos sirve de improvisado respaldo a unas sillas que no existen, desaparecerá dejándonos sin un mísero punto de apoyo. Y, al final, una gota resbala dejando un trazo rojizo en la copa, y en la garganta, la astringencia que no sólo da el vino, sino también algunas urgencias. 

Perdemos teorías, posiciones en una inmensa partida amañada por unos dioses barbaros. Las pierdes tú, las pierdo yo, pero ellos también, no te quepa duda. Lo dice mientras sonríe y con su dedo, como si fuera un pincel, extiende la última gota que escapa de unos labios sellados, tintándolos de grana.

No queda nadie en el vagón y, a lo lejos, empiezan a vislumbrarse las luces de mi estación. Ni siquiera sé cuando bajó el último pasajero, ni cuando se cerró la noche. A punto de llegar, aun puedo escucharle preguntar si, después de todo, importa. Y no, no importa, aunque a ratos matemos el tedio inventando que importa casi una vida.