martes, 14 de agosto de 2012

MARTE Y VENUS


Cuando uno se para, el resto del mundo sigue girando, y mientras uno se ensimisma contemplándose el ombligo, por pura necesidad, por narcisismo, o por lo que sea, puede que el ombligo del resto, tan esférico como el nuestro, necesite unos ojos que lo contemplen e incluso de una mano que se pose sobre él. 
Cientos de miles de cabezas asomadas al vacío, contemplando ombligos cuasi perfectos debe ser una estampa curiosa. 
Veo su llamada 24 horas más tarde de que la realice, lo mismo que su correo. Cosas de andar por mundos esféricos, alejada del ruido que produce el teclado ocioso. Mi propia naturaleza de anguila. Descuelgo el teléfono y con una torpeza inexcusable pregunto cómo sigue todo. Su voz, entrecortada, pronuncia un definitivo murió ayer. Las manos no se enlazan a través de las ondas, los abrazos tampoco. Es domingo.

Su tren recorre los 690 kilómetros que separan Madrid de Barcelona presidido por la somnolencia que las perdidas definitivas nos inoculan para adormecer el dolor. Otro, el mío, bordea la costa. La tensión laboral de última hora me destempla los nervios y hago esfuerzos de contención para no arrojar contra la ventana sellada el legajo de un desastre más. Es martes.

Pienso en su ombligo, en el mío. La humedad es atroz. Agosto empieza a ser un mes funesto, negro como la pez. 
Atravieso la ciudad de mar a montaña. Mientras pulso el timbre, un mensaje en mi teléfono: ¿Dónde estás?

Existen refugios urbanos que nada tienen que ver con cuatro paredes con las que rodearse. Porque el refugio verdadero siempre es humano. El alivio lo dan las personas y cosas como éstas:

- Un paracetamol cuando la fiebre no arrecia y uno no sabe si es de pura pena o del aire acondicionado de un tren inhumano.
- Compartir un helado mientras se repasa una biografía a base de imágenes en blanco y negro,  mirando de frente a un futuro donde las  ausencias empiezan a pesar en exceso. 
- Hablando de lo cercana e imprevisible que es la muerte, de lo doloroso que es un divorcio aunque sea lo que uno más desea en el mundo. 
- Hacerse cruces por lo incomprensible que es el sexo masculino en cuestiones sentimentales, y  por  lo endebles que son algunos lazos que uno creía indestructibles. 
- Sorprendernos de lo poco que somos cuando nos convertimos en ceniza, y de la vida que somos capaces de dar a otros cuando nuestros órganos ya no nos sirven de nada.
- Descubrir un pasado titiritero y reírse de esas escopetas de madera que apuntaban a un globo terráqueo de papel maché.
- Pergeñar el argumento de una novela destinada al éxito, o al menos creerlo así porque tienes fe en quien tienes enfrente.
- Colocar pilas de libros que nadie leerá nunca porque son infumables.
- Escuchar el piano de Joaquín Turina
- Estremecerse por culpa del miedo a la enfermedad que planea sin descanso.
- Respirar sin miedo a que te falte el aire porque alguien soplará para tí en cuanto silbes.

Y son estas cosas (algunas absurdas, otras fundamentales, habladas entre cuatro paredes que podrían incluso desparecer), las que producen, aunque sea momentáneo, el alivio del que sabe que el mundo gira, pero que su ombligo, esférico, casi perfecto, tiene unos ojos distintos a los propios que lo miran, porque debe ser así y el otro, el que mira, quiere que así sea.

El afecto es eso, simplemente eso, aunque no devuelva la vida a nadie.



Dedicado a CSG