miércoles, 1 de abril de 2015

DE LAS MEDIDAS SENSATAS O YO NO SOY TONTO



Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.


El Presidente del Gobierno ha anunciado la modificación de algunas de las medidas y recortes que han practicado en los últimos años. Una de las más clamorosas, por lo que tiene de poco solidario e incluso de riesgo, consistió en prohibir que los inmigrantes “sin papeles” tuvieran acceso a la asistencia sanitaria primaria pública.

Ayer, sin ir más lejos, escuché como el Presidente del Gobierno decía que esta modificación, que ahora se plantea a la reforma del 2012, es una medida sensata. Mientras lo escuchaba, ojiplática y con el vaso a medio camino entre la mesa y mi boca (debo reconocerlo), no pude evitar hacer el siguiente razonamiento: Si la actual medida, que va a permitir a los sin papeles volver al médico sin necesidad de que se de una urgencia, es una medida sensata, quiere decir que su restricción fue absolutamente insensata. El razonamiento me llegó ayer como una perogrullada frente a un vaso de agua. Sin embargo, de la insensatez de aquel recorte no tengo duda ni ahora, ni entonces. No hay nada más insolidario que dejar de atender a quien lo precisa médicamente.

Está claro que ni Rajoy, ni el Ministro de Sanidad, van a reconocer la obviedad del razonamiento, y no lo harán porque los políticos con el manejo del lenguaje nos enredan cada dos por tres. Pero ayer, además de celebrar la medida, algo se me removió por dentro. Creo que fue el gusano de las elecciones que se aproximan y el tufillo de las urnas que mandan por encima de la sensatez, esa que se comen y defecan los elegidos una vez que llegan a la poltrona.




domingo, 29 de marzo de 2015

VIRGENCÍSIMA



La verdad no está en un sueño, sino en muchos.


Hemos quedado para tomar algo al sol, cerca de la Estación de Sants. A medio camino entre el gusto y la nada. Mon hace semanas que no se encuentra bien. Su hermano murió de un cáncer de garganta. Lo enterramos una tarde de invierno, fumando cigarrillos y charlando asomados en un balcón aséptico mientras veíamos la congestión del tráfico de la Ronda de Dalt. Este invierno ha sido de pelotón. Las bajas van en alza, la última (de las suyas) se ha quedado en una montaña vagando entre pastos o mejor dicho entre pistas de esquí (que es mucho menos bucólico pero mucho más realista). Mon no se encuentra bien, tiene motivos para ello, y se le ve en la cara. Le digo que está guapísima, no porque quiera engañarla, porque no es eso, sino porque es así. La desgracia siempre le tiñe la cara con una tristeza que recuerda aquellas actrices francesas perdidas en el conflicto interno. Cuando se lo digo sonríe de medio lado. Es la vida feroz y desigual. 
Intentamos escapar del olor a aceite quemado que se desbanda de la churrería de la esquina, y giramos las sillas orientándolas al Palacio Nacional, ahora sí que estamos cara al sol, y nos da la risa tonta. Palmas y palmones recorren la acera.
¿Y a ti cómo te va?  me pregunta.
Y aunque durante unos minutos pienso en contestarle con sinceridad, le digo que no va mal, que bien, como siempre. Una mentira piadosa, como la semana que va a entrar, para ocultar que de un modo irremediable e incomprensible aun le echo de menos; y que no sabría explicar el motivo porque en la cuenta de los agravios puedo ponerle todos los puntos que quiera. Es algo misterioso y un tanto estúpido que me revuelve por dentro de vez en cuando y me genera una incomodidad importante. Pero al final, para sobreponerme a tanta estupidez, convengo conmigo misma que es mi propio ego el que se resiente, que solo es eso. Pero me lo guardo, porque de por sí el motivo ya es bastante peripatético como para verbalizarlo una mañana de primavera.
Así que contesto que bien. Los desencantos no pueden glosarse cuando el de enfrente se debate entre las patadas que de verdad suelta la vida, porque al final suenan ridículos y uno termina por sentirse más tonto de lo habitual.
Así que bien ¿no? —dice.
Le digo que sí y apuro mi bitter-kas. Pero debo de andar con cara de Virgen de las Angustias, o de los Dolores, que para el caso es lo mismo, porque me contesta que estoy muy guapa, algo así como un poco mística. Y no sé si reírme o llorar, o confesarle que, maldita sea, soy imbécil.




jueves, 26 de marzo de 2015

DE LA CÓLERA


Suspiró, abrumado por los niveles de imbecilidad que padecía el mundo.


Estos últimos días han sido un poco descorazonadores y lo de “un poco” podría entenderse como un eufemismo de lo negro y de la infecta realidad que nos ha golpeado. El azar juega a gastar bromas macabras y mientras los noticiarios anunciaban la caída de un avión que se ha llevado por delante la vida de ciento cincuenta personas. El teléfono nos arranca el confort y todo se convierte en un sobresalto, en una angustia irresoluble y, después del miedo y la estupefacción, algo parecido al rencor empieza a cocinarse por dentro. Quiero pensar que, como todo, el tiempo lo atemperará, pero ya no lo sé. Algunas personas no merecen vivir. De eso creo estar segura.






domingo, 22 de marzo de 2015

OSOS POLARES


Aléjate de aquellos que intentan menospreciar tus ambiciones.
 Gente pequeña siempre lo hace, pero los verdaderamente magníficos
 te hacen sentir que, tú también, puedes ser magnífico.


Los sucesos increíbles, como que un oso polar te ataque mientras contemplas un eclipse solar, son historias que aparecen en los periódicos que sirven de relleno entre noticias de calado, como dirían algunos, y que desatascan de la indigestión que nos provocan los huesos rancios con los que nos alimentan los informativos. Pero algunas de esas cosas asombrosas que nos amenizan la vida y nos provocan una solemne carcajada o el más triste de los sollozos,  jamás aparecerán en ningún sitio importante, porque no interesan a nadie más que los cuatro o cinco, como mucho seis, que nos guardan un afecto verdadero.

Es por eso mismo que posiblemente a nadie interese que, hace apenas una semana,  un tipo entrado en la cuarentena, después de un esfuerzo titánico, consiguiera cruzar la meta de la maratón que el domingo pasado recorrió Barcelona. Y a pocos importa que el combustible con el que se manejaba fuera el saber que su hijo de dos años y medio le esperaba a unos cuantos metros ante de la llegada para cruzar juntos la meta. A casi nadie importa que hiciera meses que el trabajo no le dejara tiempo para entrenar, ni que una lesión muscular de última hora le obligara a guardar en la recámara un móvil y una tarjeta de metro para poder volver a casa si la cosa se ponía fea. Pero terminó, no sin una cierta dosis de agonía, los poco más de cuarenta y dos kilómetros de la maratón, cruzó la línea de llegada de la mano de su hijo y pudo escuchar los gritos de aliento de su compañera, de sus amigos, de los pocos que al final siempre están ahí cuando uno los precisa.

Hay historias que no dejan de ser historietas que en realidad son las que mueven el mundo. Da igual que las pueblen osos polares, o tipos que se van oxidando porque las obligaciones mandan, o compañeras que odiando las prisas disfrutan viendo a su chico correr como alma que lleva el diablo. Son las historias del día a día las que al final importan. Puede que por eso las grandes alegrías, pero sobre todo las decepciones que siente el ser humano en lo particular, jamás provengan de hechos relevantes para el avance de la humanidad, sino que procedan de lo cotidiano, de nuestros afectos, de las relaciones personales que cada uno mantenemos como podemos, en definitiva, del oso polar imaginario que vive en nuestra cabeza y amenaza con comernos mientras contemplamos la vida que intentamos vivir y que nunca saldrá en los noticiarios.


miércoles, 18 de marzo de 2015

LES ENFANTS DE L'AMOUR


La vida es siempre una tragedia para aquellos que sienten.


Llevar al cine algunas cosas es un ejercicio más que complicado. Que una persona fracase sentimentalmente no es una gran noticia. El derrumbe personal y emocional del que lo sufre puede arrasar con todo. Sin embargo, cuando el fracaso en el proyecto de vida de dos personas tiene como satélite a los hijos, el dolor, la rabia, hay que gestionarla con sumo cuidado porque las consecuencias de los sentimientos negativos pueden ser devastadores cuando rebotan en los niños que se terminan convirtiendo en el pim-pam-pum de unos adultos que, en ocasiones, se transforman en seres completamente irracionales.

En el año 2002, Geoffrey Enthoven dirigió, escribió y montó la película “Les enfants de l’amour” (Los niños del amor), una producción belga que, sin entrar a valorar el drama de los divorcios en los adultos, muestra con una claridad brutal los sentimientos de unos hijos ante los posicionamientos de unos padres que anteponen sus intereses, decepciones y frustraciones a lo que esos hijos puedan sentir, necesitar o padecer.

El formato casi documental nos muestra la vida de tres hermanos, hijos de una madre común (Nathalie Stas) y dos padres distintos (Olivier Ythier y Jean Luis Leclercq). Michael (Michael Philpott),  Winnie (Winnifred Vigilante) y Aurelie.  La trama se sitúa en los hechos que se dan durante un viernes cualquiera en que los niños marcharán a pasar el fin de semana con sus respectivos padres, mientras la madre, agotada y agobiada por la falta de tiempo propio, organiza su fin de semana sin niños. Frente a ella, los padres, unos hombres alejados de la de la cotidianidad de los menores por las circunstancia de sus vidas, que sólo los ven los fines de semana cada quince días y que intentan, como pueden, centrar toda su atención en unos hijos que se les escapan.

La bondad de la película está en que se centra en los tres modos distintos con los que cada uno de los niños encara la ruptura familiar, como sobrellevan las posteriores relaciones de sus progenitores con terceras personas. Tangencialmente, la filmación nos muestra el modo en que la ruptura familiar afecta a la familia extensa, a la relación de los abuelos con sus nietos, el sufrimiento que produce el alejamiento involuntario en el que se encuentran sin quererlo y muestra, también, los conflictos de lealtades que se suscitan en los niños, la tristeza de los más débiles, de los que sufren sin quererlo.

Esta película, que pasó desapercibida para el gran público, recibió, en su momento, el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Flandes, el Premio especial del Jurado en el Festival de cine de Mannheim-Heidelberg y el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Milán. Son, sin duda, premios merecidísimos a una película valiente y real como la vida misma.

Una película imprescindible para saber qué es lo que no hay que hacer cuando un rompe con su pareja y por medio se encuentran unos hijos para quienes "su padre" y su "madre "continuarán siendo siempre "su padre" y "su madre" pese a que estos ya no se quieran, pese a que ya no convivan.