Empezar el libro por la última página. Beber el café con hielo en invierno e hirviendo en verano. Leer a Borges dentro de una bañera medio vacía. Apagar las colillas en un bote de yogur vacío y prometer que será el último sabiendo que no hay yogurt que cien años dure. Mirar al vacío mientras el agua del baño se enfría. Contar hasta seiscientos cincuenta y tres. Ni uno más, ni uno menos. Imaginar la vida sin intereses ni inflación. Acariciarse el pubis con la banda sonora adecuada. Desechar la toalla y dejar que el agua lo encharque todo. Aplastar las cápsulas de un blíster vacío y tararear. Dejar una nota escrita en un trozo de papel higiénico como extravagancia dominical. Escuchar su voz. Desear que nada cambie para que todo siga teniendo sentido.
lunes, 13 de junio de 2022
domingo, 5 de junio de 2022
O SÍ, MIL VECES SÍ, YO QUÉ SÉ
Me quedo en que Ingrid ha llegado conduciendo su furgoneta hasta la frontera donde termina la cobertura de la tarjeta sanitaria europea. De ahí en adelante lo que le pase ya es cosa mía, y puedo decidir lo que me de la gana, lo que le pase por la cabeza, tanto si decide que seguir orinando en un cubo de plástico es un asco y lo que necesita es irse a unos grandes almacenes y gastarse un pastizal en algo bonito; como si decide que no hay mayor libertad que transitar de estación de servicio en estación de servicio en busca de la nada. Pero Ingrid es ese personaje al que, a sus cincuenta años y unos cuernos de impresión, la vida cómoda le resbala, pero solo un rato. La mediana edad a veces es un tanto extraña porque se mezclan las ganas melancólicas de improvisación con la necesidad de reconocer que la cuesta abajo ha empezado y que mear en un bote, salvo que sea estricta necesidad, es una ruina absoluta. Algunas cosas resbalan más que otras y el futuro se mira con el recelo del que lo tiene encima. Quiero pensar que Ingrid, después de soltar el lastre que conlleva toda ruptura, pudo volver a un apartamento de cuatro paredes que le permitieran seguir siendo libre sin la necesidad de deshacerse del papel higiénico en el contenedor al que se supone que debe de ir todo lo que uno no sabe demasiado bien a dónde va. No sentí ninguna simpatía por Ingrid. Ni siquiera en ese momento loco en el que pensó que cepillarse a un compañero de trabajo, alcoholizado y vacilón, podía compensar el vacío y la sensación de caída libre en el que la dejó que su marido decidiera que la chispa de la vida tenía quince años menos, unas bragas no siempre limpias y un apartamento que acumulaba las tazas de café bajo la cama. La simpatía por Ingrid está en otro lado.
Pero la libertad es mía, al menos en este momento, y veo a Ingrid conduciendo su furgoneta, parando en la primera estación de servicio, comprando el Hola y colgando de ese trasto con ruedas el cartel de “Se vende” que pensó que la hacía libre y solo la convirtió en una caricatura de sí misma. Con el pelo limpio la vida se ve de otra manera.
domingo, 22 de mayo de 2022
SOMOS UN MOJÓN
La decisión sobre la edad que marca la
falta de responsabilidad penal por la comisión de un delito no es más que una
decisión política criminal. En este país está fijada en los catorce años de
edad. Sin embargo, desde un punto de vista social, incluso ético y moral, esas limitaciones
no encuentran fácil acomodo porque un menor, aun sin alcanzar la
mínima edad establecida para reclamar su responsabilidad, el alcance de los
hechos que comete activa, incluso pasivamente. Los niños saben distinguir lo
que está bien de lo que está mal.
A menudo, de discute sobre qué edad es
adecuada para el reconocimiento de determinados derechos. Y se discute mucho
sobre todo ello. Pero se discute muy poco, prácticamente nada, sobre las
obligaciones que esos mismos menores de edad, no siempre niños, pueden tener.
Se olvida con frecuencia que los derechos deben ir parejos a las obligaciones y
que el discurso perverso que ensalza unos y soslaya la existencia de las otras,
es perverso y aboca a la sociedad al fracaso. Las muestras las tenemos ya sobre
la mesa. Educar de una manera cívica debe partir del reconocimiento de ambas
cuestiones: los derechos y las obligaciones que son, en definitiva, las dos
caras de la misma moneda. Pero vivimos en unos tiempos de una constante
reivindicación del derecho y de la huida de la obligación y este panorama lo
estamos trasladando a los más jóvenes.
Tengo muchas dudas sobre la edad a partir
de la cual una persona no necesita ser asistida, acompañada, incluso en algunos
casos, tutelada en la toma de decisiones o en el ejercicio de sus derechos. Hay
decisiones que una vez tomadas no tienen vuelta atrás y sus consecuencias, para
bien o para mal, acompañarán durante largo tiempo y condicionarán de una manera
fundamental el futuro de aquella persona sobre la que recae incluso sobre su
propio entorno. En el mismo tablero de la duda, coloco la cuestión de la
responsabilidad, incluso penal, de los menores. Son demasiadas dudas que
precisan de un debate honesto y en profundidad para cambiar el paradigma
actual. Puede que el primer paso para un cambio verdaderamente fundamenta,
esté en comprender que una sociedad fracasa cuando no se cuestiona la
idoneidad de un sistema que se ha mostrado nefasto en la salvaguarda de la
educación y valores sus jóvenes; que fracasa cuando da por buenos
comportamientos inaceptables pero que se admiten en función del color político
que se posiciona junto a ellos. Como sociedad somos un mojón y, hoy por
hoy, no hay visos de que la cosa vaya a mejorar.
viernes, 13 de mayo de 2022
EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA, A MANO MENOS
Desde
que el ordenador se impuso al bolígrafo y el papel, la letra de la gente se ha
estropeado una barbaridad. Las clases de caligrafía no existen y los cuadernos
Rubio han quedado enterrados en el subconsciente de los que fuimos a la escuela
cuando aún se salía a las seis y en verano existían los deberes que quemaban
como el sol de agosto. He intentado recuperar unas notas de trabajo que tomé de
mala manera. Sigo perpleja frente al folio intentando descifrar mi propia letra
que aun no comprendo en qué momento se transformó en delirio de curvas
convertidas en un sindiós que me deja estupefacta. Escribir con buena letra era
casi una obligación pero hoy es una de las muchas cosas que se van perdiendo.
El teclado ha ganado la partida y nosotros, como idiotas, estamos dejando
perder la posibilidad de comunicar y relacionarnos mediante el trazo personal
de la escritura a mano. Una pena.
domingo, 1 de mayo de 2022
INEXACTO
Quieres frenar la caída
con una pirueta en mita del aire,
el pie no alcanza el
suelo y la memoria olvida.
Cuentas hasta tres y te preguntas qué es lo siguiente.
Vuelves a contar y
olvidas la de veces que volviste atrás.
No hay cuenta que valga.
Los números se descuadran en una locura de inexactitud abismal.

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