Tengo unos dias un tanto extraños. Aparentemente todo es normal, no ha habido ningún hecho trascendente en mi vida salvo que, desde hace nada, soy, a los efectos cronológicos del mundo, un poco más vieja. El salto, personalmente, ha sido intrascendente. Pero no para el resto de la humanidad. Entre otras cosas, he pasado a engrosar la lista de las "mujeres invisibles", por edad me toca y el de las "raritas consustanciales" porque sigo creyendo en algunas personas pese a las malas pasadas de la vida. Sinceramente me da igual. Sin embargo, hay algo que me preocupa. Vengo notando que, en los últimos meses, estoy perdiendo algunas de las cosas que antes hacía con una facilidad pasmosa, que me gustaban enormemente o que me hacían vagar en busca de paraisos inexistentes pero eternamente buscados. Con mi extrañeza a cuestas, unos granos de menos en el bulbo superior que ya descansan a ras de tierra, empiezo a perderme en estupideces que son intrascendentes pero que me alegran la vida, cosas que difícilmente puede comprender quien no sienta que los pies a veces flotan en el aire. Creo que mi autismo aumenta con los años y mi bipolaridad se radicaliza. Por eso esta noche no paro de preguntarme ¿Por qué escupen los futbolistas?
"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. "
A veces me siento incómoda por desear que reviente. Se convirtió en un saco de carne asquerosamente blanda y apestosa, con un permanente hilo de sudor sobre el labio. Me da asco hasta la arcada. Se ha transformado en un globo que arrastra su hedor allá por donde pasa. No recuerdo si alguna vez la quise, tal vez sí por eso, a veces, cuando deseo que reviente este amasijo de mierda que es, me truena la cabeza.
“Te vistes y pintas como una puta.” Son las únicas palabras que me vomita cuando cruzo por delante del sofá en el que vive. Allí come, duerme y consume su vida.
Me visto, me pinto y me muevo como una puta porque es lo que soy.
Sus palabras me resbalan como salmos lejanos, no me dicen nada, ni siquiera me duelen.
Empecé a venderme cuando tenía catorce años, algo había que hacer. Ella, mi madre, andaba todo el día colgada del caballo. No teníamos nada, sólo miseria. Vivíamos en el mismo cuarto en el que ella continua haciéndolo hoy. Un sofá cama que compartíamos, una mesa vieja y cuatro sillas rescatadas de un contenedor. En las paredes, nada, mugre y un calendario del año 1978, el año en que nací.
No sé quien es mi padre. Creo que no existió nunca. Los hombres de mi madre iban y venían sin solución de continuidad, nunca se quedaban más que unas horas. Sólo recuerdo a uno. Un tipo nauseabundo que esperaba en la puerta de casa hasta que la veía llegar. Media papelina a cambio de una felación en el mismo portal. El precio se incrementaba cuando mi madre quería la papelina entera, entonces subía a casa y se quedaba allí toda la tarde. Lo vi en varias ocasiones al volver del colegio. Me aterrorizaba.
La tarde que encontré a mi madre medio muerta, tirada en el mismo sofá que en el que ahora mata las horas, con la jeringuilla clavada entre el pecho, como si hubiera buscado el corazón, me oriné encima de miedo. A su lado, roncando, el tipo del caballo. Intenté salir de allí sin hacer ruido pero no pude. Me tiró contra el camastro en el que vagaba mi madre. Me aplastó la cara contra el almohadón y casi me ahoga, no podía respirar. El pelo de mi madre me llenaba la boca y por la nariz no me entraba nada más que el hedor del perfume que usaba. Me levantó la falda, me arrancó las bragas y me penetró mientras me decía al oído que era mejor así, continuaría siendo virgen. No pude gritar.
No sé lo que tardó en dejarme marchar. Nada volvió a ser lo mismo.
Me pinto los labios frente al espejo que hay junto a la puerta. Le dejo unos billetes sobre la mesa mientras la veo tumbada en el sofá. Tengo que ir a trabajar, soy puta, la carne fétida no reventará jamás y el mundo es una mierda.
Había pensado en escribir en relación a la angustia, sobre como el peso de lo que te oprime en silencio deja de pesar cuando se tiene la oportunidad de hablar sobre ello. De hecho, esta noche de insomnio he pensado mucho y sabía lo que iba a escribir. Pero de momento lo aparco. Tengo dos razones para hacerlo. La primera, que no sé cuánto dura la liberación, hay que contrastar la conclusión y, la segunda, porque leo en la prensa que el Estado (el español) gastará más de 6.000 Euros en un tratamiento de fecundación in-vitro para la inseminación de la terrorista de ETA Nerea Bengoa compañera de otro terrorista, Txomin (Fernando García Jodrá), miembro éste último del comando Barcelona de ETA.
Para quienes no lo recuerden les diré que Txomin fue uno de los asesinos de Ernest LLuch, que para quienes no lo sepan o lo hayan olvidado, era un político, ex-Ministro, catalán, socialista, escritor y profesor universitario. Murió asesinado por la banda terrorista ETA en el año 2000, en el parking de su casa. Txomin cumple condena por este asesinato y ahora pretende engendrar, junto a la terrorista Nerea Bengoa, (colaboradora liberada del Comando Araba) un hijo, vía fecundación artificial, a costa del Estado español, de su sanidad pública, eso sí.
Me produce hilaridad. Varias son las cosas que me la producen, entre otras, que unos tipos que no dudan en matar a sangre fría quieran engendrar un hijo, eso me produce escalofríos ¿Qué puede salir de semejante unión, sea por las partes húmedas o por la frialdad de una probeta? ¿Deben mis impuestos, españoles y catalanes, por supuesto, pagar los experimentos de dos tipos caprichosos que toda su vida va dirigida a destruir todo lo que huela a España y no dudan en matar a quien sea? ¿Deben dos condenados, no rehabilitados ni reinsertados, que no han pedido perdón en su vida de mierda, disfrutar de la posibilidad de someterse a un tratamiento vetado a muchas familias españolas a cargo de las arcas del Estado que detestan? ¿Deben poder beneficiarse de las ventajas del estado de derecho, de sus prestaciones, los que no han hecho jamás el gesto de indemnizar a sus víctimas y ni creen en el Derecho, ni respetan la vida humana? ¿Qué clase de educación, de valores, de vida, pueden dos tipos tan repugnantes como estos dar a un niño?
Puedo seguir haciéndome mil preguntas y que la vena del cuello se me siga inflamando, pero hay algo con lo que no han contado estos dos (Txomin y Bengoa), la naturaleza a veces se nos pone de cara a los demás y, es sabia. De momento, el tratamiento en cuestión no ha dado resultado. Tal vez se hayan perdido unos cuantos miles de euros que bien podrían haberse empleado en otras personas, pero yo me alegro de la pérdida. Que Bengoa y Txomin sigan jugando a la “quimicefa” si quieren pero no con mis impuestos y, sobre todo, que no nos engendren un monstruo como ellos.