sábado, 21 de septiembre de 2013

GALAXIAS


"Con palabras, como sueños, quemadas por la vida,
esta noche de lluvia hablo contigo, 
trato de hablar al menos, ligeramente ebrio".


¿Hablamos? Empieza así lo que al poco de comenzar se convierte en un monólogo en el que apenas dices nada, puede que dos palabras tristes que suenan como reproches que en realidad no lo son. Te das cuenta y tratas de hablar lo menos posible porque ese “¿Hablamos?” llega demasiado tarde y porque “su hablamos” y  “tu hablamos” no es el mismo. 
Y mientras le escuchas, aprietas los labios, agrietados, muertos, porque sabes que en cualquier momento, sin saber qué es lo que está diciendo, acabarás esparciendo las horas, los días que hace que le echas de menos. Y te quedas desmadejado frente al otro, y aunque le oyes ya no le escuchas porque te preguntas ¿Qué tiene todo eso que ver conmigo? Y la cabeza se va lejos, muy lejos, puede que a Marte, o a ese otro sitio que sólo existió en vuestra mente, ese lugar al que no necesitabais ponerle nombre, bastaba con que existiera, y existía para uno mientras estaba junto el otro, y el otro junto a uno. No hacía falta nada más. 
Y lo curioso es que mientras su voz se cuela por tus oídos sin entender nada, ves, sin querer ver, sus ojos perdidos en miserias que no te corresponden, y no puedes dejar de pensar en planetas raros, en lo fácil que es construir castillos de naipes y en los doblemente sencillo que es demolerlos soplando a sus pies.

Alguien tiene que pagar. Sacas unas monedas acuñadas en galaxias mentales que un día pisasteis y las lanzas sobre la mesa mientras una voz, que esculpe razones que ya no son tuyas, se pierde por el universo.