martes, 17 de septiembre de 2013

MOLLY McALONE



"Los finales felices son historias sin acabar"


El día que Molly guardó bajo su falda el fajo de cartas de John, supo que aquella historia que había comenzado con un tropiezo casual frente a la cantina, había terminado para siempre. Sujeto a las enagua quedaba un buen fardo de cartas que guardaban los planes, esperanzas y los amores contrariados de un viejo tahúr.


Montó su caballo y empezó a cabalgar. Su vida nunca había sido corriente. Había nacido, ese era el único hecho cierto de su niñez, pero nunca supo de dónde venía, ni quién la trajo al mundo. Creció imaginando un padre y una madre a la medida de los cuentos que escuchaba en aquel cuarto en el que vivía junto a otros seis niños, custodiados por aquella vieja desastrada que bajo el jergón escondía sus miseras pertenencias. Un caballero, una dama, y ella, criatura de cabello encendido, creía guardar debajo de toda la capa de roña con la que se cubría, un pasado lustroso con la pátina que deja el viejo mundo. Pero aquellos años quedaron atrás. La exuberancia de su juventud y la necesidad la llevaron a cambiar su antiguo mundo de esplendor imaginado por el sórdido encerado de una cantina. Noches de borrachera y camastros sucios que no daban mayor placer que la llegada a su fin del goce animal de un extraño, y el cobro de unos cuantas monedas que le aseguraran el pan del día siguiente. 


El trote de su vieja yegua se acompasó a los latidos de su corazón. La tristeza se cubrió de polvo haciéndola más sombría, más espesa. Caminó hacia la puesta de sol, se ajustó el sombrero y se cubrió los hombros para resguardarse no sólo del relente, sino de si misma, del temor a caer de nuevo en una vida que le hastiaba y que había dejado a su espalda.


Contó todos y cada uno de los días que estuvo con él. En el fondo siempre supo que aquel hombre, su hombre, no soportaría las bridas de una vida doméstica. Y lo supo desde el primer día en que enredó los dedos entre sus rizos rojos y olió su cabello sin dejar de pronunciar su nombre. Y lo supo porque debajo de aquella piel, de la suya, de la de él, laten angostas venas que se alimentaban del recuerdo de lo no vivido, de las calamidades vitales.