lunes, 9 de septiembre de 2013

PRÓXIMA PARADA


"No entreguéis nunca a la utilidad ni a la pasión sino una parte de vosotros".



Espero en la marquesina mirando el letrero que indica el tiempo que falta para que llegue mi tranvía. Quedan diez minutos. No es mucho, solo un poco si tengo en cuenta que durante esos minutos acabo pensando en lo que no debo.  Tiempo en el que se me disparan diálogos interiores,  casi siempre poco adecuados, que terminan por dejarme la extraña sensación de que el día menos pensado no me daré cuenta y terminaré murmurando, como “la señora loca de los gatos”, porque en esas conversaciones a una sola banda termino discutiendo y diciendo la mayoría de cosas que, aún no se por qué motivo, se quedan dentro en lugar de estampadas contra la cara de la persona que debería recibirlas.


Me siento junto a la ventana. No he podido escoger peor sitio, por encima de la cabeza una salida de aire acondicionado que va a terminar por congelarme las dos ideas y media que me quedan. En septiembre siempre pasa lo mismo, mantenemos las rutinas cercanas de un verano que acaba de marcharse y así nos va. Pero no es el primer año, ni el segundo, ni el tercero que me toca vivir en dos microclimas asfixiantes uno por exceso y otro por defecto. El helor y la calima se van intercambiando en función del lugar en el que te encuentras en cada momento, y el bolso se convierte en un portamaletas donde cohabitan en un caos perfecto, los pañuelos de papel, pañuelos para el cuello, pañuelos para todo. 


Busco, y mientras busco, me descubro manteniendo un monólogo que me saca de quicio. Es lo malo de rebobinar conversaciones. Llevo tiempo intentando corregir esta mala costumbre, y me esfuerzo cambiándome de tema, cogiendo un periódico o un libro, poniéndome los cascos y tarareando hacia dentro cualquier cosa que suene bien. Pero es ese otro yo que habita en mí, que campa a sus anchas entre mi esternón y mi vagina, que no me deja vivir, que vuelve una y otra vez, a lo mismo, a sus soliloquios que hacen desaparecer las letras, la música, y me revelo absolutamente inútil para detenerlo. Pero yo me resisto, lo aprisiono, aunque no debe ser suficiente y por eso, a veces, de un modo casi imperceptible se me escapa un reproche que no va a llegar más allá de la punta de mi nariz, porque, inmediatamente, lo reabsorbo para que se quede quieto, dentro, hasta que se muera. Porque los reproches, tarde o temprano, al igual que las pasiones, acaban muriendo, algunos de inanición y otros de severo empacho.