miércoles, 24 de septiembre de 2014

PASO A PASO


"Todas las sociedades son muy complejas, no existen los paraísos".


En la sociedad de la opulencia en la que vivimos la existencia de cientos de miles de estímulos te abocan inevitablemente a los excesos. Los que somos de naturaleza inconstante somos presa fácil, por eso no es extraño encontrarnos con duplicados incluso triplicados de las cosas más variopintas, desde libros hasta quemadores para el azúcar, blísters de antiinflamatorios, pasando por la acumulación de algún kilo indeseado que nos trincha las articulaciones. Pero en estos momentos, en que lo excesivo y lo adictivo se llevan de la mano, nos llega la afición a correr.
Una que es de naturaleza laxa y floja de remos, no ha podido sustraerse a la búsqueda de algo que sustituya el vicio de correr, en el que no creo por pura vagancia, y lo he conseguido. Camino como si no hubiera un mañana con la finalidad de prevenir las consecuencias del exceso vital en el que vivo. Gracias a eso, al hecho de calzarme las deportivas cada día y recorrer los kilómetros que circunvalan mi casa, he descubierto lugares espléndidos, estampas humanas que no me dejan indiferente. No son pocas las ocasiones en las que pienso que deberíamos tener una pequeña tarjeta de memoria insertada en el lóbulo parietal en el que grabar todo lo que vemos, incluso lo que creemos ver, mientras andamos dando vueltas por el mundo. Ese sería un modo delicioso para que después, con la tranquilidad del que sabe la mirada a salvo, poder recrearse en lo presenciado tiempo antes.
Estas peregrinaciones, que se cuentan ya en cientos de kilómetros, no solo han conseguido recuperar mi salud cardiovascular, sino equilibrar el pensamiento difuso que en ocasiones me acosa con toda su exuberancia y reconciliarme, casi siempre, con el género humano en general y con algunos seres humanos en particular.
Hace unos días, pensaba que en breve empezará a oscurecer demasiado pronto y que esas andanzas, que aderezo al ritmo de la música que se cuela por los auriculares, deberán quedar aparcadas y deberé sustituirlas por alguna cinta o aparato diabólico que permita a mi pequeño corazón mantenerse en la rebotica hasta que el buen tiempo regrese. Puede que por eso precisamente hoy, en una especie de despedida excesiva que acompaña el inicio del otoño, mi caminar me haya llevado hasta la escollera desde la que se podía contemplar un cielo pálido y un mar más pálido aún. Un mar que desfallece junto al verano y que me devuelve unas salpicaduras blancas, descomunales, rotundas.
Vuelvo a casa convencida de la necesidad de no perder la costumbre que durante estos meses he convertido en un hábito esencial, no sólo por la importancia que en lo físico ha adquirido, sino porque mediante ese simple ejercicio, que tiene mucho de contemplación personal, me ha sentado bien. He construido y deconstruido gracias a unas zapatillas. Puede que el secreto de mantenerse sano frente a las contradicciones vitales, frente a la necesidad de estar con uno mismo y de depurarse por dentro y por fuera, esté en unas suelas de goma. Puede que sea una manera de acercarse a momentos de solitaria felicidad.