martes, 19 de abril de 2016

CORRER TRAS EL AIRE


La idea de felicidad es inseparable de la de jardín.
E. Cioran



Algunos afirman que la primera despedida es siempre la más dolorosa, pero no estoy de acuerdo. Es posible que la primera sea la que más desconcierta, la que más descoloca. Solo eso. La aparente magnificencia del drama la marca la falta de experiencia, lo enorme que parece todo cuando no se tienen, porque aún no hay edad para ello, nada con lo que comparar lo que sucede. Pero son las venideras, las perdidas que van llegando con los años, las que nos van labrando el lado más gris, las aristas que cubrimos con la cotidianidad para que no se noten en exceso. Es el menoscabo que llega, como una visita molesta, sentándose en el sillón de tu casa sin que consigas que se marche. Y al final todo se acaba convirtiendo en una suerte de nostalgia que, a veces, impide respirar. Nada frena el ir y venir de los sucesos, de la gente que llega y se va. Y en medio de ese movimiento que no cesa nunca, miles de efectos que golpean la razón y el ánimo porque, contrariamente a lo que pueda parecer, los años no engendra un callo lo suficientemente duro que amortigüe los envites de la vida. Las perdidas jamás dejan de serlo, ni de ser sentidas, solo se van disfrazando. 
Recorremos la vida escondiendo debajo de nuestra propia alfombra sus sinsabores, las desapariciones, las perdidas que nos duelen, y así vamos pasando los días, poniendo la mejor cara que la vida, mal que bien, nos va dejando.