martes, 10 de enero de 2017

NI HARRY, NI SALLY


Cuando compro un libro nuevo, siempre leo la última página primero. Así, si me muero antes de terminarlo sé como acaba. 
Eso, amiga, es un lado sombrío.

Cuando Harry encontró a Sally





Nos encontramos frente a la facultad. Nada más verle pensé que seguía tan guapo como siempre. Una superficialidad como cualquier otra que no dudé en decirle en cuanto nos cruzamos los dos primeros besos. Hacía mil años, quizá dos mil, que no nos veíamos y sin embargo el encuentro navegó entre lo afectuoso por el que siempre nos movimos. Era una buena persona y sé que ahora, pese a la vida, sigue siéndolo. La bondad algunos la llevan tatuada en el fondo de su persona. Nos contamos la existencia a trompicones. Lo de siempre: un par de casamientos con divorcio de por medio; las pérdidas afectivas que con la edad van en aumento; un cáncer que de momento respeta pese a enseñar los dientes cuando le place; adolescentes que dan guerra y un ictus que aun hoy hace que la sonrisa se tuerza un poco. Caminamos unos metros hasta llegar al patio central y allí nos abrazamos como si el tiempo no hubiera pasado, deseándonos que la vida nos sea leve y que podamos seguir cruzándonos de aquí a mil, o tal vez dos mil, años sin tener que pedir hora, y sin que que la realidad nos aplaste demasiado. Al cruzar el porche, me giré y le vi parado ante la puerta del aula al fondo del patio. Había hecho lo mismo, nos saludamos con la mano en un gesto casi infantil y seguí caminando bastante más ligera.