viernes, 14 de diciembre de 2012

INSTANTES




El día que le conté que llevaba media vida escribiendo en cuadernos, en papeles rebuscados en el fondo de mi bolso, en las cajetillas de tabaco, e incluso en los bonos del autobús, no le sorprendió demasiado. Él llevaba toda su vida haciendo lo mismo. Pero el día que tropezó en la red con que la mitad de las cosas de alguna vez habíamos hablado, o incluso imaginado, cosas que por el impulso de la presión ejercida sobre el teclado ascendían al ciberespacio sin que él lo supiera, se asombró. Preguntó con mirada escéptica: ¿Y tú, por qué escribes un blog?


Pude contestarle, mientras me quemaba la lengua con un café basto y tremendo, que lo hacía solamente porque tengo un ego desmedido. Pero decirle eso sería una gran mentira, no por el tema del tamaño de mi ego, que puede que, en algunos momentos, esté completamente desbordado y por eso me resulta incomprensible la pérdida de amores, sino porque el único motivo real que tengo para hacerlo es porque me ayuda a sobrellevar mi vida, a entenderla, a disfrazarla como quiero, a convertirme en funambulista de mi propia existencia.


Apagó el cigarrillo ahogándolo en su taza aún llena. Jugó a los malabares con el encendedor, girándolo entre sus dedos amarillentos por la nicotina y sentenció con un “That’s fine”, mientras me miraba sin borrar de su cara una sonrisa socarrona que, en ocasiones, me molesta tanto como  una china en el zapato.

Encendió un segundo cigarrillo, aspiro con calma y sacando del bolsillo de su chaqueta un minúsculo cuaderno, anotó algo a lo que no pude evitar echar un ojo mientras fue al baño. Cuando volvió, el cuaderno continuaba donde lo había dejado, sobre la mesa, cerrado y con la goma sujetando las tapas. Pero algo me delató, puede que fuera que intenté despistar leyendo el prospecto de una caja de ibuprofeno que, sin darme cuenta, sostenía al revés; o puede que fuera porque en el dedo índice lucía una pequeña mancha de tinta roja que no tenía cuando él se fue. Cogió el cuaderno, se lo guardó en el bolsillo de nuevo y, sin más, dijo aquello de "hoy pagas tú", mientras me leía las primeras frases de su próxima novela.


Su predicción escrita en rojo se ha cumplido: acabo  de contarlo, aunque me he resistido durante semanas para no darle la razón que siempre tiene.

Pero es que esto es así y él lo sabe. No hay más.



jueves, 13 de diciembre de 2012

CUANDO EL DESEO CANSA


Son las tres de la madrugada, los ojos abiertos. Ojala lloviera, entretendría las horas agrupando en pares las gotas que golpean la uralita, tendría excusa para estar despierta, para revolverme en la cama. Ahora no la tengo. Enciendo la luz para buscar las gafas sobre la mesilla, no están. Deben andar por debajo de la cama pero no seré yo quien empiece a buscarlas ahora, son las tres de la mañana. Será mejor que apague la luz e intente dormir, el deseo cansa aunque te quite el sueño.

............................................. 

“¿Qué haces? Quieres llenarte los ojos de ella, reconócelo. Quieres tener las dimensiones de su elástico cuerpo…, contemplar su sonrisa y su modo de bajar los párpados…, seguir las yemas de sus dedos teñidas con alheña. ¿Adónde va a parar todo esto? Nada de eso te había pasado nunca con las que la superaban en hermosura, en belleza y en renombre… Esto es doloroso, y más doloroso aún el que tú la quieras… No te mientas a ti mismo; tú la quieres hasta morir”.

                              - Palacio del deseo- Naguib Mahfuz


lunes, 10 de diciembre de 2012

ASÍ TE QUIERO YO


Hace apenas unas semanas estuve en una exposición del pintor Wojciech Fangor. Coincidir con ella fue cosa del destino y que a mi acompañante accidental se le ocurriera que podría apetecerme pasar mis horas muertas en Varsovia en una retrospectiva de este pintor aún lo fue mucho más.

Pasamos un día estupendo. Hablamos poco pero abrimos mucho los ojos. No entiendo nada de arte, sólo sé decir lo que me gusta y lo que no me gusta. Lo mismo me ocurre con la música, con los libros, con la cocina, incluso con los hombres de mi vida.

Para llegar hasta el recinto tuvimos que atravesar un parque bajo el agua nieve que no dejó de caer apenas un minuto en todo el tiempo que estuve allí. El rumor de las pisadas sobre las hojas muertas, la humedad que velaba el camino y la languidez de una mañana exigua, nos mantenía en un breve silencio. Sobraban palabras y faltaba aire. Junto a la verja, una fotografía extraordinaria de Fangor, la misma que pueden ver ahora (la fotografía de una fotografía, como un mal calco de un estupendo original que no puedo identificar). 

Me quedé junto a ella, disparé tres veces en una ráfaga que buscaba la inmortalidad de un momento perfecto y después, como si el alivio me invadiera, con el objetivo apuntando al suelo, lo supe. Quiero una vejez así, ajena a ruidos extraños, a males que envenenen. Sentarme en una silla y esperar lo que tenga que venir, lo que sea, sin más escandalera que la de mis propios huesos buscando los suyos mientras me acomodo a su vera y esperamos lo que tenga que ser, en un silencio complice que pesa mil veces más que las palabras gruesas que se perdieron por recodos vagos.


Kings of Convenience - Cayman Islands






domingo, 9 de diciembre de 2012

CONFESIONES INCONFESABLES




Al entrar, dejo el bolso en el suelo y corro hacia la habitación como alma que se lleva el diablo. Por el camino me quito los zapatos, empujándolos por el talón, sin aflojar los cordones, con prisa y desoyendo la cansina voz de mi conciencia que me avisa de que esa es la manera más rápida de estropear mi mejor y único par de zapatos. Ya casi nadie utiliza zapatos con cordones.

Sin quitarme el abrigo, me meto en la cama, me cubro hasta la cabeza y me convierto en un bulto sospechoso, temblón, que no tiene intención de abandonar el metro cincuenta cuyo flanco izquierdo ocupo, aunque declaren la tercera guerra mundial en los próximos treinta minutos.

Las pezuñas de Dalhman rondan por los pies de la cama, mullendo con sus pequeños y elegantes pasos la colcha rellena de un simulacro de pluma eslava. Ronronea y con el hocico intenta abrirse paso por el cabecero y tomar posesión del espacio hueco que forman mis piernas dobladas. El gato también tiene frío y anda falto de mimos estos días.

Escondo las manos entre las piernas; el gato se enrosca sobre sí mismo y guarda la cabeza entre sus patas. Dos bolas de tamaño dispar.

Mañana irá todo a la colada, gajes de perderse por parajes fríos y oscuros. Pero ahora es hora de dormir y ni yo, ni el gato, se lo vamos a contar a nadie.


lunes, 3 de diciembre de 2012

I LOVE YOU, BUT NOT SO MUCH



Camino por la acera montaña de la Avenida Diagonal, a la altura del antiguo cine Boliche, una botella de refresco de cola medio envuelta en un feo papel de estraza, llama mi atención. Hasta hace unos minutos, pensaba que sólo las botellas de vino malo, las que se beben en una esquina ceñido por la mugre, se envolvían así, pero debe ser que el espíritu indigente nos ha invadido ya del todo y hasta los botellines de refresco van vestidos de miseria.

Decía Enrique Vila-Matas, no hace demasiado, que le costaba reconocer este lado de la ciudad, y no es por darle la razón sin más, que hablado de “Él” podría dársela con los ojos cerrados pero, en este caso, es cierto como que cada día se pone el sol, que empieza desdibujarse la silueta del lugar en el que nací.

Vuelvo sobre mis pasos hasta la misma puerta del antiguo Boliche y estoy tentada de darle un puntapié al botellín pero, como el mundo anda vuelto como un calcetín, puede que ese botellín sea una nueva forma de “lámpara mágica” del siglo XXI, y estampándole una patada sin conmiseración alguna, además de estropearme la puntera del zapato, sirva para que todos los malos aires que nos recorren se consoliden y atrincheren a este lado de la civilización. Así que cojo el botellín y lo deposito en la papelera como si de esa manera  la mala suerte se alejara por un tiempo.  

Sigo caminando y de un modo un tanto sin sentido, pienso que tengo unas ganas terribles de ir al cine, de ver la última de Cesc Gay. 
Últimamente hago unas asociaciones de ideas un tanto extrañas: un botellín, el cine Boliche y las necesidades más íntimas y personales de no quedarme hueca. Pero puede que tampoco sea tan raro porque, al final, para la que suscribe, Cesc Gay es al cine, lo que Vila-Matas a la literatura. Ambos dos me hacen la vida más amable  en lo cotidiano, lo rutinario, con el modo excepcional en que los dos son capaces de hablar de lo que a todos, o a casi todos nos pasa.

Lo pienso en un momento, mientras me alejo de la papelera. Así de simple es mi universo particular en el que no todo, ni todos, caben.

Puede que, a partir de mañana, me dedique a mirar por los portales, está claro que las reliquias más inverosímiles me alegran el día y el miércoles, como consecuencia de lo anterior, que nadie me busque, me iré a pasar la noche en compañía de Cesc Gay que estrena película, ya saben, y por si no lo saben, pues yo se lo digo: "Una pistola en cada mano".