domingo, 9 de diciembre de 2012

CONFESIONES INCONFESABLES




Al entrar, dejo el bolso en el suelo y corro hacia la habitación como alma que se lleva el diablo. Por el camino me quito los zapatos, empujándolos por el talón, sin aflojar los cordones, con prisa y desoyendo la cansina voz de mi conciencia que me avisa de que esa es la manera más rápida de estropear mi mejor y único par de zapatos. Ya casi nadie utiliza zapatos con cordones.

Sin quitarme el abrigo, me meto en la cama, me cubro hasta la cabeza y me convierto en un bulto sospechoso, temblón, que no tiene intención de abandonar el metro cincuenta cuyo flanco izquierdo ocupo, aunque declaren la tercera guerra mundial en los próximos treinta minutos.

Las pezuñas de Dalhman rondan por los pies de la cama, mullendo con sus pequeños y elegantes pasos la colcha rellena de un simulacro de pluma eslava. Ronronea y con el hocico intenta abrirse paso por el cabecero y tomar posesión del espacio hueco que forman mis piernas dobladas. El gato también tiene frío y anda falto de mimos estos días.

Escondo las manos entre las piernas; el gato se enrosca sobre sí mismo y guarda la cabeza entre sus patas. Dos bolas de tamaño dispar.

Mañana irá todo a la colada, gajes de perderse por parajes fríos y oscuros. Pero ahora es hora de dormir y ni yo, ni el gato, se lo vamos a contar a nadie.