domingo, 16 de diciembre de 2012

MAMBO QUEEN



Hace semanas que esquivas quedar porque la invitación te importa un pepino y te apetece menos que sacarle las bolas de felpa a Espinete: que si tienes que trabajar, que si viene tu suegra a comer, que no te encuentras bien, que te duele la ingle y al final, cuando ya no puedes ni tan siquiera alegar que prefieres quedarte en el sofá porque la semana que viene es el fin del mundo y quieres ponerte al día de la última temporada de "Anatomía de Grey", pues vas y quedas, y te prometes que con una puntualidad británica, ni un minuto más ni un minuto menos, estarás en el saloncito de su casa para tomarte un delicioso café de no sé qué país.

Pero hete aquí que mientras retozas en el sofá de tu casa, con una pereza infinita, temiéndote que necesitarás una grúa para moverte, y fantaseas con que suena el teléfono de tu casa y una llamada salvadora anula el plan; suena y casi te mueres.

Descuelgas con cierto temor, mientras piensas que Iker Jiménez debe estar detrás de esto, y cuando escuchas la voz de tu anfitrión, empiezas a creer que dios existe. Pero esa alegría dura exactamente veinte segundos, los mismos que tarda en pronunciar que están al lado de tu casa, que casi mejor se acercan ellos a la tuya y que no te preocupes que un cafelito y así ya no te mueves.

Y claro, inicialmente no te mueves, la autoinvitación de aquel que previamente te había invitado, te deja muerta y aunque has dicho que sí, que perfecto, sabes que es un perfecto desastre, que preferirías quedarte calva antes que, él y su consorte, vean que tienes la colada en el tendedero portátil con todas tus bragas expuestas al calor del radiador, que no has cambiado las fundas del sofá desde hace semanas y que el gato, al que su mujer tiene alergia, campa por toda la casa como si fuera el Rey del Mambo. 

Así que mientras buscan aparcamiento, sabes que te quedan exactamente 10 minutos para: recoger los platos que están sobre el mármol de la cocina que, maldita sea, es abierta; esconder las bragas detrás de la puerta del dormitorio; lanzar litros de ambientador en el baño; cambiarte esos vaqueros rotos que usas para estar por casa y peinar el nido de ardillas que corona tu cabeza.
Algunas sorpresas no tienen gracia y la falta de recursos tipo: “Uy!!! Pues ya no estoy en casa”, es un grave problema a solventar.