viernes, 28 de diciembre de 2012

HOMO HOMINI LUPUS


Enciendo la radio, son las dos de la madrugada y no puedo dormir. El avance de las noticias lo confirma, se ha encontrado muerta a Miriam, la niña de dieciséis meses que, días antes, había sido secuestrada por quien, al parecer, fue el último compañero, amigo, lo que sea, sentimental de la madre de la criatura. No me sorprendo, y la falta de sorpresa me produce un escalofrío. 

Nos estamos acostumbrando a recibir noticias espantosas mientras nuestras vidas, afincadas en la comodidad de las rutinas repetidas, que creemos alejadas de esos horrores, continua sin el más mínimo aspaviento. Desaparece un bebé y de una manera casi mecánica, adelantamos, en nuestra mente y en nuestras conversaciones, un final que, sin haberse concretado, sabemos que será trágico. Siempre lo es.
En este caso, como no podía ser de otro modo, también ha sido así. Una criatura muerta, abandonada en una charca. 

¿Qué es lo que puede pasar por la cabeza de una persona para terminar con la vida de un niño? Nunca lo he entendido y nunca lo entenderé. Sin embargo, la realidad se impone.

El drama de las muertes violentas y sin sentido; la trivialización de los comportamientos; de las relaciones personales; de los afectos, es el pan nuestro de cada día. La pérdida de referentes, de principios fundamentales en nuestra vida y la falta de tolerancia a la tan humana frustración, nos lleva directos al infierno. Un infierno que nada tiene que ver con calderas, ni misticismos, sino con la deshumanización y la normalización de lo anormal, de lo oscuro, de la maldad en sí misma.
 
Y la consecuencia de todo ello, de la perdida incluso del contacto más humano, del respeto por lo ajeno, por lo esencial, son locos insensibles, sin empatía, ni capacidad de reconomiciento del otro como ser humano. Locos sin otra enfermedad que la de su propia maldad. Maldad que se gestó dando la espalda a la necesidad de aprender que la vida está por encima de todo y que dejó atrás los mínimos esenciales que diferencia al ser humano de los animales. La conciencia, la decencia, la compasión, el sufrimiento y la capacidad de raciocinio.

Pero perdimos las riendas hace ya mucho tiempo y hemos terminado por confirmar que, ciertamente, el hombre es un lobo para el hombre.


Michael Nyman - The Scent of Love