sábado, 22 de diciembre de 2012

ABREGO


Ha llovido, nadie lo esperaba, pero no es extraño. El otoño es así. Miramos con estupor las primeras gotas para terminar empapados bajo la lluvia torrencial que siempre trae el templado Abrego. Siempre es lo mismo. Unos minutos de desconcierto y las puertas, las ventanas, se abrirán dejando escapar la ponzoña que un verano excesivamente caluroso nos ha pegado al cuerpo. Pero aquí no será así, ya no es así.


Salió de casa sobre las diez. No de hoy, sino de hace más de cinco años. El aire arrastraba una calima que asfixiaba y durante horas se apostó frente a la ventana abierta. Parecía estar esperando a alguien a quien nunca vi. Despareció, ese día empezó a llover y el olor a brea, por primera vez, me provocó nauseas. No volvió. 


Me siento a leer frente a la ventana esperando que amaine la lluvia. Dejé de abrir puertas, ventanas hace ya mucho tiempo. Cambio de la silla al sillón. Del periódico a la más horrorosa novela de amor. El silencio aguija mis oídos como a dos animales muertos.

Sigue lloviendo, ¿Qué hacía los días de lluvia? Aún puedo verle apostado frente al malecón, maldiciendo su suerte, aborreciendo cualquier compañía. Año tras año, la misma ruina, la misma melancolía que terminaba convirtiéndose en una rabia contenida que le sumía en el silencio durante semanas, hasta que dejaba de llover.


La vida, aquí, siempre es difícil.  Alguien vino a contarme que le vieron en la ciudad. Vestía una guerrera descolorida, sucia, bastamente rota. Recogía las colillas que encontraba en su camino, las examinaba con cuidado y las guardaba en el bolsillo. Nunca que le vi fumar.


Intuyo el mar tras la cortina de agua espesa. Por primera vez en muchos años quiero salir pero una invisible cadena se ciñe a mis pies. Volver a caminar, dejar que la lluvia me cale hasta los huesos, pero no lo sé de cierto. Puede que sea pronto. Aún se mezclan luces y sombras, silencios y ruidos ensordecedores.


Quizá hoy le vuelva a ver si consigo que el ruido y las sombras desaparezcan.