jueves, 29 de enero de 2015

VUELVA USTED MAÑANA


"Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. Nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano".




Una de las maneras más sencillas de terminar completamente loco en este país es acercarse a cualquier administración e intentar realizar algún trámite. Ya no digo nada si el acceso a la administración intenta realizarse por internet. Si en modo presencial, la cerrazón de algunos, asociadas a las pocas ganas de trabajar, pueden convertir la mañana, el día, la semana e incluso el mes de cualquiera en  un verdadero infierno, intentar realizar algún trámite, por sencillo que sea, con una firma digital entonces ya puedes ir preparando las maletas al loquero y despedirse de sus sedes queridos.

Nada tengo, en general, contra las personas que trabajan en la administración pública, la que sea, pero sí que tengo mucho en contra de aquellos que estando al servicio de los demás, ese servicio lo convierten en una tortura. Y no seré yo quien diga que ser funcionario es un bicoca, porque es cierto que ya no lo es, pero lo que sí que voy a decir es que esos señores que perciben sus ingresos porque entre todos se lo pagamos,  deberían ser más atentos, cuidadosos y responsables con su trabajo, porque casi siempre, aunque frente a ellos solo tengan expedientes y números, hay alguien de carne y grueso que padece los rigores de la administración, porque no nos engañemos, la administración siempre pide pero pocas veces regala nada.


Hay días que una se acuerda de aquel indignado ingeniero que encarnaba Ricardo Darín en la película “Relatos salvajes” que, harto del trato que le dispensa la administración al intentar recuperar el coche que se le ha llevado la grúa, acaba reventando las garitas de tráfico. También hay días que una se arrepiente de no haber estudiado ciencias puras para así poder comprender y dominar el manejo de algunas artes químicas, y haber perdido su tiempo, puestos en la tesitura, estudiando letras que  a una solo le desatan la lengua y una mala leche del quince.


martes, 27 de enero de 2015

70 ANIVERSARIO DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ


 Auschwitz-Birkenau


Art. 1 DECLARACIÓN UNIVERSAL DERECHOS HUMANOS

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

***

Hoy se conmemora el 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Ausschwitz. Una de las grandes atrocidades de la humanidad. Sin embargo:




Auschwitz-Birkenau


Sierra Leona



Srebrenica




Bosnia-Herzegovina





Siria


Campamentos saharauis



Más de cincuenta años separan unas y otras fotografías. No hemos aprendido nada. En algunos lugares del mundo los Derechos Humanos son papel mojado y el resto lo mira como si todo fuera una película.




domingo, 25 de enero de 2015

LA BORA, TAL VEZ



Responsabilidad significa pagar el precio
y la renuncia que toda acción exige.



La intuición aparece sin que nadie la llame y te devuelve, sin que nadie se lo pida, el mal sabor que siempre te dejó la culpa. Porque aunque ya no crees en nada, nada te libra del peso de la tradición, de una ley jamás escrita, que te ha convertido con los años en alguien vulnerable, consumido por el pecado en el que dices no creer. Y aquella libertad, apenas intuida, desaparece convirtiéndote en un ser enano, incapaz, mezquino con los demás, contigo mismo. Te enredaste en un  juego peligroso por entretenerte como sólo se entretienen los que teniéndolo todo se aburren. Amanece en Trieste. Nos barre la bora, todo vuelve a su sitio y te sé tremendamente triste, pero a nadie le importa.






jueves, 22 de enero de 2015

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (VIII)


La buena comunicación es tan estimulante como el café negro, e
 igual de difícil de olvidar al dormir.



Después de comprobar que desde hacía meses mi vida basculaba del helado de vainilla a los cigarrillos mentolados y que mi estómago empezaba a resentirse regalándome unas escandalosas jaquecas, el galeno decidió sacarme tarjeta roja. Me senté y  aguardé  en silencio mientras aquel tipo hacía gestos de aprobación con la cabeza. Después de cinco minutos de insonoras flexiones cervicales, llegó el diagnóstico: «No debe preocuparse. Está todo correcto. Salvo unos leves restos de sangre en la orina, a los que no debe dar importancia, se encuentra usted en perfecto estado». Apenas unos segundos en silencio y mi ceja, que se rige por su propia y arbitraria voluntad, se elevó hasta formar un óvalo casi perfecto sobre mi ojo izquierdo. Siempre he temido a aquellos que, sin mirarte a la cara, restan significación a las cosas que en definitiva les ha llamado la atención. Ese era el caso. 

Un mechón de pelo, el único que quedaba sobre su diminuta y rala cabeza, caía sobre la montura de sus gafas, otorgando a aquel tipo vestido de blanco una apariencia grotesca. Cuando le pregunté a qué podía deberse aquel trazo sanguinolento, casi imperceptible según decía, pero que ahí estaba, contestó que con toda probabilidad eran los resto de una actividad sexual consumada veinticuatro horas antes de la toma de la muestra. En ese momento me preocupé de verdad y fueron las dos cejas las que acompasadas se elevaron al cielo de los idiotas para volver a caer en silencio. En los últimos meses, después de su marcha, lo más caliente que me había echado al cuello era el café con leche de las mañanas.




domingo, 18 de enero de 2015

THE SOUFFLE



Tongoy opina que en general las historias de amor no son historias sexuales,
sino historias de ternura. Dice Tongoy que la gente no entiende de eso o,
 aunque sea sólo durante diez minutos, no quieren entenderlo.



La percepción que cada uno tenemos de las cosas suele ser bastante distinta. Esa diferencia está en la perspectiva, en la posición, que ocupamos al respecto de esas cosas y en la mochila que cada uno cargamos a nuestra espalda. La subjetividad en la apreciación de la gravedad o simpleza de un hecho dependerá en parte de la experiencia previa y del lugar en el que nos colocamos. Podemos magnificar, sobredimensionar, incluso convertir en nada lo que vivimos en función de todo lo anterior, de la posición y de lo acumulado. Lo mismo ocurre con la felicidad.

La felicidad es un concepto relativo al que nadie ha podido dar cabida, darle contenido, porque la felicidad como estado natural es el embuste que termina por sumergir a aquél que pretende hallarla, y mantenerse en ella, en una especie de fantasma que arrastra una bola imposible. Desconfío de los que se dicen en estado de felicidad permanente porque me temo que estamos incapacitados para ello. La complacencia permanente no puede ser más que el reflejo de una mente acomodaticia, idiotizada que se limita a mantenerse en los márgenes de lo convencional, de lo que no necesita reflexión, de lo que nos convierte en unos necios aborregados.

El transcurso del tiempo, y de la propia experiencia personal, es una de las realidades que transitan como una apisonadora y modifican nuestra propia manera de ser, de entender la vida. Es por eso que llegados a la edad madura solo podemos esperar disfrutar de algunos momentos buenos, sabiendo que éstos son efímeros, porque la vida es precisamente eso, un acontecer fugaz, finito. Sabiendo que cada minuto que pasa, cada persona que aparece en nuestra vida es la oportunidad de aceptar, sin estridencias, los cambios que nosotros mismos producimos en el mundo, en definitiva, en nosotros mismos. Envejecemos, porque estamos vivos, porque durante el transcurso de nuestro tiempo, ese que no sabemos cuánto va a durar, la vida nos proporciona algunos momentos grandiosos y otros tremendos. 

La felicidad, como tal, no existe. Una de las maneras de evitar las frustraciones con el pasar de los años es asumir que la cosa va a así, que debemos disfrutar y sufrir sin estridencias, intentando no convertirnos en seres resentidos ni idiotizados que guardan en el libro de afrentas de la vida, la imposibilidad de llegar a un estado de felicidad permanente, porque ese es inexistente desde que el hombre es hombre; y aceptar las derrotas, al igual que las victorias, con cierto desapego.