sábado, 18 de abril de 2009

La máscara en la almohada

Estar perfecta, físicamente perfecta, implica un trabajo de precisión diaria que no sólo abarca la primera hora de la mañana, con una duchita y cara lavada, sino que en ocasiones requiere pasar por un importante trabajo de chapa y pintura.
No tengo nada contra las caras lavadas pero, no se puede negar que un buen maquillaje hace más milagros que la virgen de Fátima. Una que es de natural presumida, o eso creo, no salgo a la calle sin mis pendientes, que pueden ser pequeños o gigantes, y una buena máscara de pestañas.
Hasta aquí, todo correcto. A lo largo del día, yo y mi natural perruno, no acostumbramos a retocar la obra de arte que hemos elaborado a las 7 horas de la mañana, por lo que, como es de imaginar, por las noches, después de mi ardua jornada laboral (jajajajaj), o tras una buena juerga, tengo un jeto que parece escapado de una película de Tarantino y el cuerpo más cansado que el de Lara Croft después de la batalla final. Consecuencia, contra todas las indicaciones de los profesionales del medio, la nena, en ocasiones, ¡Oh, padre! Confieso, no se desmaquilla. Y eso es lo que paso ayer por la noche. Así que esta mañana, nada más despertarme, he podido ver como la impoluta funda de la almohada, en la que había estado reposando mi cabeza, estaba más negra que mi corazón. Ver aquel espectáculo en la almohada, y la cara hecha un Cristo, ha provocado que el lado sensato de mi cerebro haya protestado y manifestado claramente: Anita pero que marrana eres.