domingo, 14 de octubre de 2012

NATURALEZA DE ANGUILA




Cuanto más cerca estaba, más rápido marchaba. Iba y venía. Jamás decía el tiempo que se quedaría. El porqué de sus retornos escapaban a toda lógica. Al irse, dejaba huecos que rellenaba de momentos fugaces sin ningún fin. En el fondo, esperaba su vuelta. Una naturaleza escurridiza que sólo escondía una vida imposible de cerrar y el miedo a la perdida definitiva. ¿Sólo una vez le pregunté por qué volvía? No contestó. Durante semanas desapareció y sólo supe que seguía vivo por la lamentable sensación de abandono que su ausencia dibujaba en mí.

Un diciembre, con la escarcha cristalizada, le escuché llegar de nuevo. No lo hizo como en otras ocasiones, esta vez escogió el engañoso método de las letras y matices. Siempre escurridizo, supe que volvía para quedarse hasta zozobrar de nuevo. Sabía que  ese momento llegaría más pronto que tarde, que se diluiría convirtiéndose para mí, de nuevo, en un recuerdo fatigoso. Sabía que esa naturaleza inquieta buscaría lugares amables en los que nada tuviera que perder y sabía, también, que volvería porque no en vano se había impregnado de mi particularidad y eso, que le volvía vulnerable, le haría regresar.

Nunca comprendí la necesidad de ocultar lo que la evidencia había mostrado. La existencia de lo exquisito en lo particular es difícil de esconder, es difícil de encontrar. No volví a preguntarle jamás. Continuó yendo y viendo. Los interrogantes siguen viviendo suspendidos en el aire y diciembre, sigue siendo diciembre, aunque el sol de junio nos abrase por dentro.




3 comentarios:

  1. El miedo es siempre libre. Eso nadie lo cambiará jamás.

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  2. El miedo termina machacando demasiado. Pero cada uno es libre de dejarse dominar por lo que quiera.

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  3. Has retratado muy bien el miedo a la pérdida. Abunda.
    Me ha gustado mucho tu escrito.
    Un abrazo,
    Anne

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