martes, 2 de octubre de 2012

ENSEÑAR LOS DIENTES


Si le copio no me delatará. Sé que no lo hará porque yo sin él soy media, porque él sin mí es cuarto y mitad, y lo sabe. Lo sé.

Le copio, me copia. Un jersey azul, una chaqueta negra como la pez; un vaquero viejo, un tacón doblado; unas gafas viejas, un bono-bus gastado. Y no lo hará, porque, si lo hiciera, los cafés al cobijo de un hongo de butano terminarían, porque no habría más visitas de descortesía a horas descontroladas al amparo de una excusa estúpida y vulgar. 

No lo hará porque no es lo mismo sonreírse a través de un panel de poliuretano; ni rozarse las manos, al descuido, mientras se cruza un arco detector, que hacerlo inspirando el aire caliente que el otro exhala.

Y no lo hará porque no es lo mismo sonreír que enseñar los dientes. Porque la sonrisa, como dijo ÉL, es la perfección de la risa.