domingo, 28 de octubre de 2012

Y TÚ, ¿QUIERES MÁS A PAPÁ O A MAMÁ?


A estas alturas del partido, el tema nacionalista, independentista, separatista, federalista, unionista y todos los –istas que vengo oyendo a mi alrededor durante las últimas semanas empiezan a cansar en sobremanera.  Es agotador levantarse todos los días con las proclamas que unos y otros se lanzan mientras el ciudadano de a pie intenta sobrevivir a una crisis que nos engulle a pasos agigantados.



Nos marean con discursos tendenciosos, unos y otros, hasta el punto de que la radicalización de las posturas se convierte en un modo, que roza lo enfermizo, para poder levantar cabeza.
Se malmete en la vida diaria, se reinventa la historia en un sentido y en otro sin ningún rubor. Olvidamos la posibilidad del reconocimiento de las diferencias dentro de una misma casa, lo mismo que ocurre en todas las “familias” (a la mía propia me remito, nunca unos hermanos fueron tan distintos entre ellos).

Estudié en lengua castellana toda mi educación básica y las clases de catalán siempre estuvieron presentes, aprendí la geografía española de cabo a rabo (sé donde nace el Ebro, donde desemboca, los afluentes del Duero, el sistema montañoso de la península), al igual que la catalana (conocíamos la comarca de La Garrotxa, los afluentes del Noguera Pallaresa y la capital del arte románico pirenaico. Aprendí a leer con Gonzalo de Berceo, con Josep Pla, con Mercé Rodoreda, con Juan Ramón Jiménez, con Pérez Galdós, con Baltasar Porcel, con Montserrat Roig y disfrutábamos, en un recreo segregado por sexos, de las “Inquietudes de Shanti Andía”. En el bachillerato, opté por letras puras: griego, latín, literatura castellana y literatura catalana. No hubo ningún problema jamás, nunca fueron incompatibles, simplemente complementarias.

Nunca sentí ningún tipo de discriminación ni en Barcelona, ni en Madrid, ni en ningún otro lugar en el que por la razón que sea he tenido que instalarme. Nunca he tenido problema alguno por ser catalanoparlante desde mi más tierna infancia. Creo dominar las dos lenguas con cierta soltura. El bilingüismo es mi medio. En una misma mesa puedo dirigirme a quien tengo sentado a mi derecha en castellano, y hacerlo en catalán con quien se sienta a mi izquierda, y esta situación, aquí, donde yo vivo, es lo habitual.

Con el tiempo, mientras compaginaba mis estudios universitarios con los trabajos menos cualificados que uno pueda pensar, empecé a simultanear estudios en ciencias políticas e historia. Las clases eran en catalán y en castellano, indistintamente, y comprendí, leyendo sin prejuicios, de un lado y de otro, cual es mi realidad histórica.

La situación artificial que vivimos, creada por unos intereses que nada tienen que ver con la identidad de nada, ni de nadie, además de alienante, empieza a provocar una fractura social nunca vista con anterioridad y empieza a no poder hablarse de determinadas cosas sin que alguien, despectivamente, te tache de esto o de lo otro.

Y al final, una parte de la sociedad catalana, se siente como aquel niño al que le preguntan si quiere más a papá o a mamá, y el crío, con cierto temor, contesta que los quiere a los dos por igual. Por eso, estos días, mientras ambos tiran de nuestros brazos, hacia un lado y otro, sin pensar que terminarán descoyuntándonos, no puedo, ni quiero, olvidar quien soy, de dónde provengo, ni hacia donde voy, sin olvidar, tampoco, que son los intereses creados, que se ocultan a base de las burradas que unos y otros sueltan, los que nos dejan y nos dejarán a los pies de los caballos.

Y en esta tesitura, de la globalización ni hablamos, claro.



Charlie Haden - El ciego