sábado, 19 de julio de 2014

EN LA CIUDAD



Los poetas y los filósofos tienen lazos secretos con los dioses y los demonios.


Esta mañana el cielo está cubierto. Mirado hacia el norte, se ve bajando desde el Tibidabo una bruma que al llegar a la parte baja de la ciudad se transforma en un bochorno irrespirable, pegajoso, pesado. Salgo a caminar antes de que las agujas del reloj me indiquen que debo abandonar el ocio para dedicarme a algo que se supone mucho más importante aunque no lo sea, pero que al final, importante o no, se convierte en el pan que llevamos a casa. Un paseo sin destino que me convierte en el objetivo de mi propio envite endiablado. Es difícil imaginar las cosas que nos pasan a cada uno por la cabeza, el motivo por el que en un momento dado alguien rompe amarras y se aleja sin que el otro haya tenido capacidad de colocarse en un nuevo sitio. La vida es complicada, a veces.

Me cruzo con un par de ciclistas que corren por las aceras como gamos y cuando creo que voy a terminar en el suelo me sortean casi sin sentir.  A estas horas la ciudad parece abandonada y nada presagia que en unas horas los extranjeros tomarán las calles, convirtiéndonos  a los paisanos en extraños en nuestra propia casa. Mostramos al mundo las bondades de una postal que al acercársela para contemplarla mejor desprende aroma a orín y cierta decadencia resplandeciente, una especie de engaño mágico del que es fácil quedar prendado porque lo feo, lo triste, lo contradictorio queda escondido bajo la alfombra. A veces quedar atrapado entre dos mundos, el real y el que se muestra, es ciertamente una mala faena.







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