domingo, 9 de noviembre de 2014

OPTAR POR EL SILENCIO



"Servid cien veces, negaos una, y nadie se acordará más que de vuestra negativa".

En los últimos días, ante lo convulso del momento en que vivimos, debemos caminar de puntilla y hacer verdaderos esfuerzos para no terminar a cada momento con un sofoco o con un disgusto de campeonato. La crispación se palpa en cuando tiras un poco de la lengua de cualquiera que entre al trapo para hablar de cualquier cuestión que tenga que ver con el nacionalismo catalán y su decisión de llevar adelante su proyecto de independencia. Las reuniones de amigos o de simples conocidos se convierten en combates dialécticos que no siempre terminan con brindis generosos; terminar con una mueca y con un seco “buenas noches” ya no es lo extraño, como tampoco lo es postergar nuevos encuentros porque no apetece, porque el último dejó tan mal sabor de boca que quizá sea mejor dejar correr el aire para que unos y otros no terminen creyendo que aquellos que tanta gracias hacían hace unos meses, que tan interesantes parecían, se han convertido, por obra y gracia del estado de la nación, en unos auténticos estúpidos, descerebrados e indocumentados que, con la calma debida, se sabe que no lo son. Pero este tema nos empieza a superar  a todos cuando estamos en petit comité, alejados de las grandilocuencias de los políticos. Por eso, con la deriva del momento, la opción de silenciar el malestar quizá no sea la más valiente, pero si por la que optan muchos más de los que se cree porque, aunque sea de momento, permite que la úlcera se mantenga a raya, y que la "fractura" que se prevé sea solo un "esguince". Tampoco son extraños los intentos por desviar las conversiones hacia la trivial cartelera, a la preocupación por las notas de los críos, incluso por discutir sobre a quién de la pareja le toca bajar la basura por las noches, cuando sobre la mesa, entre los rodales de las copas de vino, aparece el tema de la independencia de Cataluña. Porque la cuestión se ha vuelto incómoda sobre todo para los que no compartimos la idea del nacionalismo excluyente, ni la de una independencia que va a la deriva porque no tiene ninguna hoja de ruta, o al menos no nos la han mostrado.
En estos días, mantener el tipo es complicado, a veces incluso un poco asfixiante. La incertidumbre está servida y aunque se mantenga una cierta apariencia de tranquilidad, eso, como casi siempre, no es más que un espejismo pues la realidad es que hay una parte de la sociedad catalana no nacionalista a la que se la ningunea de una manera absolutamente vergonzosa y que ha optado por ser silenciosa aunque sea mucho más numerosa que aquella que aboga por separarse de una manera definitiva. Sentirse incómodo en casa es una situación muy desagradable y recuperar la normalidad es algo que nos va a costará más que tiempo.