miércoles, 26 de agosto de 2009

QUÉ SÍ, QUÉ SÍ...QUÉ SE HA IDO Y YO NO HE CONSEGUIDO CERRAR LA BOCA TODAVÍA


Ocho horas de la mañana. Me cita en la cafetería de siempre, está más morenito que cuando nos dejamos de ver en julio, pero su cara es todo un poema. Nunca me acostumbraré a ver esa cara cuando va a descolocarse, o a descolocarme.
Hemos cambiado mucho en estos más de veinte años que han pasado desde que nos conocemos. Él ha perdido el pelo y ganado en apalancamiento vital, y yo he acumulado unas caderas que antes no tenía y unas dudas existenciales que no se daban cuando los jueves terminábamos cerrando aquel garito que aún existe y sólo pinchaban música española.
Hemos cambiado tanto que él, hasta hace dos minutos, tenía una vida y familia convencional, algo que en su momento hubiera parecido una broma macabra.

Han pasado veinte años y ayer, como después de cada verano, tocaba un abrazo prolongado, un fuerte beso y las preguntas de rigor: ¿Cómo estás?, ¿Cómo ha ido el verano?, bla, bla, bla. En su cara, un gesto extraño, un rictus  forzado, no sonríe. Desde que nos hemos sentado en la mesa no para juguetear con las manos (mala señal). Saca su paquete de tabaco y me ofrece un cigarrillo (seguimos mal), y al final vomitando, suelta la primera, "Anita, ya se lo he dicho, no puedo seguir, no quiero seguir. Me voy".


Como no es la primera vez que oigo esta historia, lo primero que le digo es: "¿Cómo te vas a ir? ¡Desgraciao!, que tienes dos hijos y dos hipotecas". Pero hoy no se ha desternillado de risa, hoy me ha mirado a la cara y me ha dicho: "Chata que se metan las hipotecas en el culo y a los niños (que ya no lo son) también, que " YO" me voy". Me consta que hoy coge un avión, y me consta que no lleva billete de vuelta.


Aún estoy intentando recomponer mi cara, más que nada porque el muy cabrón me ha dejado sobre la mesa, un poder general de ruina, un saco de documentación y el bonito papelón de recomponer su vida mientras se embarca en un viaje del que no piensa volver en al menos, ya ha avisado, un par de años.

Los hay que son listos y hasta incluso un poco cabrones.(como sé que lo leerá, que lo sepa...)

martes, 25 de agosto de 2009

ANNA y MIA HAY 3 BILLONES DE MUJERES EN EL MUNDO PERO SÓLO 8 SON SUPERMODELOS





Me tomo el primer café de la mañana leyendo una esquela en el periódico con su consiguiente atraganto. Ha fallecido "D de las M.", las siglas de una mujer de 25 años de edad, a quien, hace algún tiempo, por motivos profesionales conocí. 

"D", a la que llamaré Daniela pronto, durante su adolescencia, se hizo amiga de ANNA y de MIA.

Este par se convirtieron en sus mejores amigas, mientras buscaba la perfección, no sólo estética, sino también en su vida. Una niña rotundamente exigente consigo misma. Tenía que ser la mejor en todo, la más lista (estaba por encima de la media de su clase), la más elástica (en aquellos años practicaba un deporte encaminado a la élite), la más simpática (que lo era) e incluso la más guapa (a mis ojos era bien bonita). Pero ANNA y MIA, como digo, entraron en su vida, Daniela se estaba convirtiendo en una mujer, había ganado peso, su cuerpo había adquirido unas formas voluptuosas que casaban poco, a su entender, con sus ganas de seguir siendo "la mejor en todo". Al principio, nadie observo nada fuera de lo normal, Daniela hacía su vida, estudiaba en otra ciudad, estaba estupenda, y había decidido ponerse a dieta como el 80 por ciento de mujeres de este país. Ninguna señal de alarma hasta que un día su madre, con la que no convivía desde hacía meses, la vio completamente desnuda. Algo estaba pasando, Daniela ya no era voluptuosa, apenas tenía pecho, su esqueleto se transparentaba bajo su piel, y apenas menstruaba. Empezó, en aquel momento, un calvario para todo el mundo, en especial para ella, grandes batallas, grandes mentiras, intentos de engaños, psiquiatras, psicólogos, medicinas alternativas, abogados y finalmente los Tribunales. 

La madre de Daniela me vino a ver, tenía una hija, con unas compañías terroríficas que la estaban llevando camino a la tumba. Su hija se negaba a comer y, cuando lo hacía, se negaba a mantener lo ingerido en su cuerpo, había empezado incluso a autolesionarse. Vi a Daniela en distintas ocasiones, acompañada de su psicóloga. Le explicamos que se estaba matando (menuda estupidez, como si ella no lo supiera), y le hicimos saber que si no se sometía a un tratamiento definitivo, volvía a residir en casa de su madre y cumplía las estrictas pautas que el médico determinara, solicitaríamos su ingreso judicial involuntario en un centro para, por lo menos, intentar evitar que se matara. No sirvió de mucho, a todo nos dijo que sí, pero claro, con la boca pequeña.

Daniela ingresó voluntariamente en una clínica, no en una, ni en dos, ni en tres ocasiones. Se trató de sus problemas alimenticios y psicológicos y, con el tiempo, los médicos decidieron que estaba lo suficientemente bien para seguir un tratamiento ambulatorio. Daniela salió a la calle, y como no podía ser menos, ANNA y MIA, seguían esperándola, para eso eran sus únicas amigas. Comenzaron a alternar de nuevo y Daniela, que no era tonta y sabía que la vigilaban de cerca, y no precisamente sus amigas, quiso poner tierra de por medio y marchó a estudiar al extranjero. Y así, ella junto a ella, su maleta y su beca, marcharon sus amigas. Con el tiempo se instaló a vivir allí donde marchó a estudiar, encontró un trabajo que junto con unos ahorros que tenía producto una herencia recibida, le permitían no depender de su madre, ni de su padre. Apenas venía a España.

Seguí manteniendo contacto con su madre por cuestiones bien distintas. Prácticamente nunca más, salvo aquellas horrorosas intervenciones que tuve junto a su psicóloga, volví a tener contacto con Daniela.

Hoy he leído su esquela, y estoy segura que la velan la maldita ANNA (anorexia) y la maldita MIA (bulimia).


PD.: Algo está fallando en nuestra sociedad cuando la gente se nos muere de algo tan complejo como es la anorexia y la bulimia.

domingo, 23 de agosto de 2009

RETIRANDO EL LETRERO DE "CERRADO POR VACACIONES”




Efectivamente, el final del verano llegó, y como decía el Duo Dinámico, tú partiras. En este caso soy yo la que parto. Es la primera vez en años que me tomo un periodo de vacaciones tan corto. Nos pasamos los once meses del año, deseando que llegue el ansiado mes de las vacaciones. En mi caso, agosto es el único mes en el que puedo cogerme unos días con cierta tranquilidad y, cuando llegan esos días de ansiado descanso, pasan sin darnos ni cuenta. Pero como todo, el tiempo es relativo.

Con los años he aprendido que las manecillas del reloj no siempre giran a la misma velocidad. Cualquier listo me dirá que no, que el tiempo es una constante y que un minuto dura lo mismo en agosto que en pleno mes de enero. Pues bien, no es cierto. El transcurso del tiempo depende de como lo vivimos, como nos sentimos y del estado mental en que nos encontramos en cada momento. Un día puede ser una eternidad y una semana un suspiro.

Organizamos nuestra vida a base de rutinas y pocas novedades. En realidad, una vida muy normal. Son cuatro los que viven en un constante “desafío total”, el resto de mortales nos refugiamos en lo ordinario de nuestro funcionar. Pero he descubierto, también con el tiempo, que la mejor manera de alienarse, de evitar los temas personalmente complicados, es sumergirse en la vorágine del día a día. Muchas ocupaciones, poco tiempo para pensar en si uno se encuentra satisfecho con la vida que lleva, en si tiene que cambiar los muebles del salón de su casa, y en definitiva, si debe darle carpetazo a su existencia anterior y empezar de nuevo.

Todos los cambios dan vértigo. En mi caso, gracias a la tecnología (es lo que tienen los teléfonos-agenda-ordenador-gestor de vidas), he podido comprobar que mañana mismo me voy a sumergir en un caos laboral infestado de reuniones y viajes que, momentáneamente, me tendrá ocupada, lo cual no es garantía para que “Pepito Grillo”, que se me clavó en el oído, me repita cada cierto tiempo, “Que coño estas haciendo con tu vida".

sábado, 22 de agosto de 2009

EL DESEO -Sueño de una noche de verano


Él duerme, parece profundamente dormido. Su respiración, hace unos instantes agitada, se ha tornado tranquila, reposada, sosegada. La cama deshecha, las sábanas revueltas, todavía cálidas y el aroma de sexo en el aire. Ella no puede dormir, está pendiente de todos y cada uno de los movimientos de él. Está tendido a su lado, totalmente entregado, ofreciéndole su espalda desnuda. Ella, tendida en la cama, a su lado, medio arropada con su camisa y envuelta en su aroma, apoya la cabeza en su mano, lo observa, recorre con sus ojos cada curva de su espalda, empieza por la nuca, y va bajando poco a poco por el rosario que conforma su columna vertebral hasta llegar a la curvatura lumbar donde sus ojos se pierden.
Siente ganas de volver a hacer el amor. Acerca su nariz a ese hueco infinito que se abre entre el cuello y el hombro, ahí donde su olor es más profundo. No puede evitarlo, acerca su boca y siente el calor de su piel, casi tomándole la temperatura. Con su lengua empieza a dibujar por el lienzo que hoy es su dermis, un universo de círculos y figuras abstractas llenas de deseo.
Él se estremece y finge dormir, se deja querer. Se ladea. La visión de su espalda ya es total, un hombro, una cadera, un glúteo, un muslo, y el deseo nuevamente clavado en la entrepierna.
Ella moja el dedo índice en su boca, juega con él mientras lo observa. Recorre sus labios con el dedo húmedo y, cuidadosamente, amorosamente húmedo, lo deposita en su columna vertebral. Dibuja su sinuoso recorrido y siente como se vuelve a licuar, se vuelve agua a golpe de reseguir los nudos de su esqueleto. Se acerca a su espalda, con cuidado como para no despertarle (es parte del juego), y apoya suavemente su pecho en sus omóplatos. Humedece nuevamente el dedo, pero no en su boca sino en recodos más profundos, más cálidos, y retoma el camino que dejo a medias mientras su boca, su lengua, degusta su piel salada. Ahora se desliza por su cadera donde pinta los círculos concéntricos de su anhelo y se adentra en busca de su sexo, como dejándose caer. Y lo encuentra, no era nada difícil. Él sigue fingiendo dormir, es evidente que no lo hace. Todo forma parte del envite del deseo. Desliza su mano por su verga, está cálida, y aún húmeda de la última embestida Que extraño. Sigue deslizando su mano arriba y abajo, mientras su lengua juega con su oído, su cuello, su hombro. Susurra a su oído, palabras ininteligibles que sólo ellos reconocen como suyas. Por fin, se da la vuelta, la abraza con fuerza, la besa en la boca, ya no hay sitio para dedo alguno, y ella se deja hacer. Quiere que la penetre, quiere que se corra dentro de ella y que lo haga ya. Si espera un segundo más, habrá explotado y hoy quiere volver a hacerlo junto a él. Los dos a la vez, lo que parece un imposible, pero que para ellos no lo es.

LA SIESTA


Es verano. Son los últimos días de unas vacaciones totalmente improvisadas, cortas, desganadas y distintas. Vacaciones extrañas, sobre todo por el momento personal que estamos viviendo. Estos días se han convertido en días de actividad frenética, mezcla de situaciones, de vivencias, visitas a los amigos, comidas largas, sobremesas apetitosas por la compañía y la conversación, noches frescas de gin-tonic y añoranza.
Estos dias, de amigos reencontrados, de alegrías y de grandes tristezas, tienen momentos especiales, muy especiales.
Estos momentos, que sólo me los dedico a mí, la persona que más quiero (que le vamos a hacer, soy mi más ferviente admiradora y la persona a la que más amo), son los de las horas muertas, las de las siestas. Cada uno recogido en su casa, en sus habitaciones, a la sombra de un sol de justicia, dedicándose cada uno a lo que más le apetece. Unos a quererse y ofrecerse las mil caricias que el día les niega, otros a descansar, y otros, los menos, a intentar encontrar un sentido a la vida que llevamos y buscar un futuro más allá del 30 de agosto.
Esta hora baja es de la que más me gusta, la que da un tiempo y un respiro antes de seguir caminando. Un hora para no dormir nunca, una hora para, en el mejor de los casos, morirse de amor.