sábado, 22 de agosto de 2009

EL DESEO -Sueño de una noche de verano


Él duerme, parece profundamente dormido. Su respiración, hace unos instantes agitada, se ha tornado tranquila, reposada, sosegada. La cama deshecha, las sábanas revueltas, todavía cálidas y el aroma de sexo en el aire. Ella no puede dormir, está pendiente de todos y cada uno de los movimientos de él. Está tendido a su lado, totalmente entregado, ofreciéndole su espalda desnuda. Ella, tendida en la cama, a su lado, medio arropada con su camisa y envuelta en su aroma, apoya la cabeza en su mano, lo observa, recorre con sus ojos cada curva de su espalda, empieza por la nuca, y va bajando poco a poco por el rosario que conforma su columna vertebral hasta llegar a la curvatura lumbar donde sus ojos se pierden.
Siente ganas de volver a hacer el amor. Acerca su nariz a ese hueco infinito que se abre entre el cuello y el hombro, ahí donde su olor es más profundo. No puede evitarlo, acerca su boca y siente el calor de su piel, casi tomándole la temperatura. Con su lengua empieza a dibujar por el lienzo que hoy es su dermis, un universo de círculos y figuras abstractas llenas de deseo.
Él se estremece y finge dormir, se deja querer. Se ladea. La visión de su espalda ya es total, un hombro, una cadera, un glúteo, un muslo, y el deseo nuevamente clavado en la entrepierna.
Ella moja el dedo índice en su boca, juega con él mientras lo observa. Recorre sus labios con el dedo húmedo y, cuidadosamente, amorosamente húmedo, lo deposita en su columna vertebral. Dibuja su sinuoso recorrido y siente como se vuelve a licuar, se vuelve agua a golpe de reseguir los nudos de su esqueleto. Se acerca a su espalda, con cuidado como para no despertarle (es parte del juego), y apoya suavemente su pecho en sus omóplatos. Humedece nuevamente el dedo, pero no en su boca sino en recodos más profundos, más cálidos, y retoma el camino que dejo a medias mientras su boca, su lengua, degusta su piel salada. Ahora se desliza por su cadera donde pinta los círculos concéntricos de su anhelo y se adentra en busca de su sexo, como dejándose caer. Y lo encuentra, no era nada difícil. Él sigue fingiendo dormir, es evidente que no lo hace. Todo forma parte del envite del deseo. Desliza su mano por su verga, está cálida, y aún húmeda de la última embestida Que extraño. Sigue deslizando su mano arriba y abajo, mientras su lengua juega con su oído, su cuello, su hombro. Susurra a su oído, palabras ininteligibles que sólo ellos reconocen como suyas. Por fin, se da la vuelta, la abraza con fuerza, la besa en la boca, ya no hay sitio para dedo alguno, y ella se deja hacer. Quiere que la penetre, quiere que se corra dentro de ella y que lo haga ya. Si espera un segundo más, habrá explotado y hoy quiere volver a hacerlo junto a él. Los dos a la vez, lo que parece un imposible, pero que para ellos no lo es.