jueves, 6 de agosto de 2009

MORIRSE UN RATO

Ayer soñé que la muerte me venía a buscar. Debo andar con el subconsciente revolucionado, algo alterado y totalmente disparado. Sin embargo, pensar que me muero, soñar que desaparezco, no es más que una representación adelantada de lo que tarde o temprano va a pasar.
Es evidente que no estamos en la tierra para quedarnos para siempre. Nacemos, si tenemos suerte crecemos, envejecemos y finalmente, sin poder evitarlo, palmamos. Ni más ni menos. No tiene nada de extraordinario, es nuestro sino.
Yo no creo en nada, lo cual no deja de ser una desgracia cuando uno se plantea que pasa después de morir.
Nos morimos, nos descomponemos, con suerte abonamos una flor o contaminamos un océano y ya está, físicamente es así, nada más. Sin embargo, al final, en el último momento, un poco de esperanza, una prórroga a nuestra vida, y es que en definitiva sólo desaparecemos del mundo cuando los demás dejan de recordarnos. Y así funciona, al menos así lo entiendo yo.
Sólo prolongamos nuestra existencia a través del recuerdo de los demás.
Nuestro futuro como muertos, un recuerdo, puro travelling circular en la cabeza de quienes nos quisieron o nos odiaron. Simplemente eso.