domingo, 15 de marzo de 2015

VELVET CROISSER



Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando 
en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño.


No obstante, a pesar de lo desacertado de las informaciones que aparecieron en la prensa, debía reconocer que lo sucedido era más que previsible. Sobre la mesa descansaban los periódicos de la última semana y, ahí, toda la carnaza que uno quisiera encontrar. Alguien había dejado sobre ellos una taza de café, no una sola vez, sino hasta tres veces. Los cercos que emborronaban la noticia lo delataban. Velvet Croisser había muerto.
Aquel día, las gaviotas graznaron más de lo habitual y, a lo lejos, el carguero oxidado que decoraba la línea del mar, había desaparecido dejando el océano en una extraña calma, de un azul plomizo casi muerto. Caminé por el pantalán respirando el aire salado y denso de los días de otoño, intentaba buscar las palabras adecuadas para darle la noticia a su madre.
Velvet había sido una buena mujer, no exenta de manías y rarezas pero a quién se le puede reprochar algo así después de media vida padeciendo a Montes. Algunos tipos no debían existir jamás, y algunas mujeres debían aprender a alejarse del fuego en cuanto empiezan a ver las primeras motas de humo. Un pasado desconcertante, un presente frío como el roce del ala de un cuervo y un futuro desquiciante que solo podían acabar como acabaron. Desollados en un callejón sucio y maloliente. Sin embargo, ella sola había decidido inmolarse de un modo estúpido.
Velvet, convertida en un amasijo de carne irreconocible, descansaba en el anatómico a la espera de que alguien la reconociera y ese papel me tocaba a mí. La había detenido en no menos de diez ocasiones y sin embargo, pese a lo loca y dejada que estaba, aun conservaba, en el fondo de sus ojos y en sus manos regordetas de uñas sucias, los restos de un pasado limpio. Nunca aceptó ayuda. Al final, cuando ella misma se desmoronaba, tampoco la había pedido. Había dejado que un desalmado embrutecido la golpearla hasta deformarla, le rajara el vientre y dejara, entre sus tripas sueltas, una nota recordándole que solo era una puta.
Volví sobre mis pasos y lance contra aquellas olas de agua sucia los restos de mi primer cigarrillo del día. A veces, dejar de fumar es complicado.



lunes, 9 de marzo de 2015

MANÍAS



La vitalidad se revela no solamente en la capacidad de persistir 
sino en la de volver a empezar.


Quizás deberían perder unos minutos de su tiempo, solo los casi ocho que dura la maravilla que empieza este texto. Quizá después de escucharla verán que lo de "perder el tiempo" era sólo una manera de hablar. 
Cada cosa tiene su tiempo, su momento preciso y adelantarse a su curso siempre nos coloca sobre la cuerda floja de las oportunidades que, casi siempre, se nos muestran esquivas cuando somos nosotros quienes pretendemos manejarlas. Jamás felicito un cumpleaños por adelantado, ni me congratulo por el futuro nacimiento de nadie hasta que la criatura en cuestión está en brazos de sus padres. Cada uno somos el producto de lo vivido.
Con el tiempo, ese espacio temporal que nos controla, he aprendido que bromas y seguridades las justas. Desde que empezó el año son muchos los días que he ido tachando, siempre hacia detrás, y contando poco hacia delante. Una especie de superstición, es lo que tú tienes, me apuntaban hace unos días. Pero no creo que sea eso, sino todo lo contrario. Quizá un miedo a que adelantando las cosas, las alegrías sobre todo, no acaben de llegar y queden tiradas por el camino.

Esta manía, costumbre (ya debo reconocerla como tal), adobada por los años que pasan, los míos propios incluidos, no hacen que olvide que tengo unos cuantos cumpleaños pendientes que no felicité y alguna otra cosa que dejé por el tintero. Así que para conjurar, también, el mal rollo que me dan los olvidos, dejo aquí un presente menudo y personal en forma de música (mi música), que creo que puede compensar mi, en ocasiones, accidentada cabeza.


domingo, 8 de marzo de 2015

¿QUÉ ERA ESO DEL OCHO DE MARZO?


Si no quieres repetir el pasado, estúdialo.



Algunas cosas no dejan de existir, no dejan de ser verdad, por el solo hecho de no pronunciarlas de manera continuada. Una mentira no se convierte en verdad por más que la repitamos hasta la saciedad. Y aún así, acomplejados por la existencia de aquello que sabemos que existe, en ocasiones parece que solo se puede esperar un milagro que haga desaparecer algunas cosas.

Tú y yo no somos iguales. Y no es nada misterioso lo que nos hace diferentes, es la naturaleza y algunas maltrechas convenciones sociales que se arrastran desde casi el inicio de los tiempo. Puedo afirmar con rotundidad que no quiero ser más que tú, ni más que nadie, aunque sea diferente. No quiero tener mejores beneficios que los que tú puedas obtener, pero tampoco quiero que los míos sean peores solo por el hecho de que nacimos con cromosomas distintos. 
Atrincherado en el subconsciente del ser humano bulle la diferencia y la discriminación. La globalización también se extiende a la vulnerabilidad de algunos colectivos o puede que sea al revés, es la vulnerabilidad la que se extiende hasta convertirnos en sociedades cojas, desiguales y discriminadoras. 
Disfrutamos de la igualdad formal y en ella se supone que encontramos amparo. Y, cada vez más es así, pero aun queda mucho camino para que en todas partes, sin dejar un solo rincón del mundo, las oportunidades no dependan del sexo del que las busca. 
No quiero un día de la mujer, pero eso no significa que no valore lo que hicieron y sacrificaron todas aquellas mujeres que me antecedieron en el tiempo e hicieron posible que en mi vida jamás haya sufrido discriminación alguna. Sería muy ingrato por mi parte.
Quiero un día que no se celebre nada, porque no haya nada que celebrar. Un día en que la discriminación y la intolerancia sean castigadas de una manera tan ejemplar que no quede un ser humano sobre la faz de la tierra al que le queden ganas de colocarse por encima de nadie por ser de un color, un credo, una raza, una orientación sexual distinta a la de sus vecinos.  Un día en que la igualdad lo haya lavado todo. Solo quiero un día en el que no tenga nada que conmemorar y ni siquiera me acuerde que hubo un tiempo en el que había que establecer días para recordarnos que por encima de todo somos seres humanos. Quiero un día en el que el ocho de marzo solo sea el precoz avance de la primavera en un calendario cualquiera.




miércoles, 4 de marzo de 2015

BIRDY STONE



"La vida que conocía era un asunto limpio, ordenado, cuerdo, responsable. Ahora, una viga desprendida le demostraba que la vida no era fundamentalmente ninguna de esas cosas. …, el buen ciudadano, el buen esposo, el buen padre, podía ser borrado del mundo entre su oficina y el restaurante, merced a la interpolación de una vida desprendida. Comprendió entonces que los hombres morían por azar y vivían sólo mientras la ciega casualidad los respetaba."


Se inventaba personajes a medida que pasaban las horas y los guardaba en algún lugar de su cabeza mientra escribía en el encerado complejas fórmulas que otros copiaban sin más. Pensaba que de esa manera podría encontrar al tipo que encajara con su esposa, aquella mujer que parecía cada vez más extraña. Una desconocida sentada en el mismo salón era casi siempre una incomodidad y él, a estar alturas lo incomodo le sobraba. Pero aunque se sentía extraño, la necesitaba para las cosas incluso más simples de su existencia. En su vida había entrado en la cocina, ni pensaba hacerlo; jamás había intentado planchar una de esas camisas de las que tanto se quejaba Eleanor aunque a él, en realidad, todo le daba igual. La comida, la ropa, incluso lo que pudiera venir mañana. Empezó a preocuparse por la dejadez de su propia vida. Quizá fuera cosa de la edad, aunque si fuera así, Tommy o Clare, estarían como él, pensando en lanzarse por el puente de Brooklyn en cuanto dieran la seis Sin embargo, a sus viejos camaradas se les veía cada vez más joviales, entusiasmados con aquella especie de segunda juventud que les trajo el cumplir los cincuenta mientras rondaban a las cándidas muchachas que transitaban por los pasillos de la universidad.

Pero él se sentía derrotado. Por las tardes, todas y cada una de ellas, de modo indefectible, cogía el autobús para volver a casa, arrastrando el malentín y su propio hastío. Durante la media hora que duraba el trayecto intentaba no mirar por la ventana y así, de ese modo, no descubrir al anciano que creía empezaba a suplantarle y que siempre le devolvía el reflejo del cristal. Ese no era él. Alguien que se había empeñado en disgustarle, en darle la vuelta a su existencia hasta convertirlo en el tipo huraño que ahora, día sí y día también, pensaba en saltar por el primer puente que se encontrara al salir de trabajar.

El tiempo había cambiado en los últimos días, y el agradable otoño había dado paso a una ola de frío polar que había convertido la ciudad en un paraje casi desértico al caer el sol. El agobio del tráfico parecía haber desaparecido y ahora, el tipo bronco y cansado en que se había convertido debía caminar desde la parada del autobús hasta su casa, sin ni siquiera poder encontrar el consuelo de un rayo de sol de la última hora de la tarde. La vida era una mierda y él, Birdy Stone, varón, cincuenta y tres años de edad, prostático precoz, abstemio por obligación y sin más fortuna que los veinte dólares que llevaba en la cartera, sólo pensaba en la careta que debía colocarse antes de llegar a la calle 73 para poder aplazar de que aquella extraña que habitaba en su casa, decidiera que había llegado la hora de mandarle definitivamente a paseo y lo dejara sin excusas para no saltar por el puente de Brooklyn.




domingo, 1 de marzo de 2015

ATASCAGARGANTAS


Pasaron dos o tres días con sus noches; 
creo que podría decir que pasaron nadando,
 que se deslizaron, callados, serenos, hermosos. 
Así pasábamos el tiempo: 
allá abajo el río era monstruosamente grande...



Hablar de la fugacidad del tiempo es una obviedad, pero lo que es cierto es que a veces se nos olvida lo corto que es todo. Es culpa de los atascagargantas del día a día que nos ocupan la mayor parte de la vida Nos consolamos pensando en que llegará el mañana y que entonces, con las cosas en calma y orden, podremos dedicar el tiempo a todo aquello que dejamos en espera porque ya no podemos seguir arrancándole horas al día. Llegará un momento en que los proyectos dejarán de quedarse en eso, proyectos que engulle el tiempo y los tritura hasta hacerlos desaparecer.  

Entre las pilas de las “cosas interesantes” que guardo sobre la mesa, encuentro algunas notas empezadas y nunca terminadas, artículos subrayados pendientes de volver a leer, anotaciones de libros, circuitos de imaginados viajes pendientes y folletos de comida china. Leo la noticia de un tipo que se voló la tapa de los sesos, dejó una nota que nadie fue capaz de descifrar. Arrugo el periódico, lo lanzo hacía la papelera, aterriza junto al zapatero y ahí se va a quedar.

Los domingos son un paréntesis que congela la cotidianidad del resto de la semana y que nos hace soñar con ese tiempo que está por llegar, días en los que volveremos a ser libres, en que ya no necesitaremos imaginar otros mañanas porque esos mañanas ya los tendremos al alcance de las manos. Momentos en los que volverás a hacer lo que quieras sin necesidad de malgastarse en sucedáneos que no saben a nada.