jueves, 4 de febrero de 2010

YO Y EL CANCER -No deben leerlo los que creen que encontrarán un mensaje esperanzador-


Una de las palabras que más me aterrorizan y descolocan es “CANCER”. El terror proviene, no de la palabra, no por la enfermedad en si misma, sino por las consecuencias tan devastadoras que produce, no sólo en el que la padece, sino en todos aquellos que están a su alrededor.
He tenido la desgracia de sufrir cerca, muy cerca, las consecuencias de esta enfermedad. He visto morir a mi padre, a dos de mis mejores amigos (ninguno de los dos llegó a cumplir los 40), he visto morir a mi tío, he visto sufrirlo a dos de mis compañeras de trabajo más cercanas y estoy viviendo el final de la esposa de otro de mis compañeros.
Todos esperamos mensajes esperanzadores en relación al cáncer y supongo que para ello se fijan días como el de hoy. No lo sé. Pero a mí, esta calamidad en que se ha convertido la reproducción descontrolada de células que se malignizan, me provoca desasosiego. Me cuesta muchísimo pensar en finales esperanzadores. Quizás sea injusta.
Quizás porque en muy poco tiempo, me ha bombardeado muy de cerca y sus consecuencias han sido desvastadoras.
Una de las épocas más terribles de mi vida fue, precisamente, cuando, durante 18 meses, me pasé, día sí y día también, acompañando a mi padre en esta enfermedad, que a él, como a muchos otros, se la diagnosticaron con fecha de caducidad.
El desamparo que los demás sentíamos, por no poder evitar lo inevitable, nos tenía desquiciados. No sabíamos como sobrellevar un final que sabíamos certero. y queríamos que fuera lo menos dramático, doloroso posible, sobre todo para él. Intentábamos llevar una vida lo más normal que podíamos, y esa forzada normalidad nos transformaba en seres estúpidos. Mi padre, una persona joven, falleció con 67 años, supo ,desde un inicio, cual, como y cuando iba a ser su final. Nunca puso una mala cara, nunca nos causó el más mínimo conflicto, sobrellevó su enfermedad como mil cosas en su vida, en silencio, mientras los demás ibamos como zombies con una sonrisa estúpida en la cara que se nos caía en cuanto le dábamos la espalda.
Aún hoy no puedo evitar derrumbarme por dentro, por fuera dejé de hacerlo el mismo día que lo enterramos, cuando pienso en aquella época. Todos sabemos que tenemos un final, que nadie se va a quedar aquí para siempre, pero nadie nos ha preparado para asumir que ese final está cerca y que el que se queda, se queda más sólo que la una. Hay perdidas que son verdaderamente irremplazables.
Quería escribir una nota positiva, lo digo de verdad, pero no he podido, será porque hoy llueve y esas gotas me recuerdan demasiadas lágrimas vertidas y las noticias recibidas no han sido nada buenas.
Alguien tendrá que dejar otro mensaje positivo, sé que los hay y que son ciertos, pero yo no lo tengo. Lo siento.