domingo, 16 de marzo de 2014

CORRE, CORRE


"Un atleta no puede correr con dinero en los bolsillos. 
Debe hacerlo con fe en su corazón y sueños en su cabeza".

A las nueve de este domingo soleado poca cosa podíamos hacer más que ver pasar a los cientos, miles, de corredores que, armados de una infinita voluntad, zancada tras zancada recorren los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros que constituyen la maratón de este fin de semana. La carrera de hoy, como muchos otros eventos que se dan en esta ciudad, nos encierra durante unas cuantas horas en un perímetro diminuto en el que hacemos lo que podemos, que, en este barrio y en domingo, es más bien poco.
Una columna de hombres y mujeres llenan la calzada de extremo a extremo, de norte a sur, de derecha a izquierda, sin que quede un mínimo hueco por el que poder colarse los que queremos alejarnos del confinamiento deportivo. El intento de cruzarla es un imposible y una temeridad que puede ponernos a muchos en una situación complicada, a los que corren y a los que huimos de ellos.

En los últimos tiempos, correr está de moda y en esta ciudad no hay fin de semana que no se celebre una carrera. Correr es aparentemente fácil, económico y puede realizarse a cualquier hora del día sin una necesidad de planificación extraordinaria. Debe ser algo estupendo, y lo digo no sin cierto punto de malsana envidia a la vista de mi incapacidad de engancharme a cualquier actividad deportiva que no pase por sumergirse en una piscina y en el posterior jacuzzi después de elaborar un complicado cuadrante de horas.

Las calles, con esta nueva moda nacida al socaire de una crisis monumental, se han llenado de gente y más gente que ha sustituidos los gimnasios por las aceras de la ciudad. Ingentes cantidades de gente que corren hacia alguna parte que, a buen seguro, no está en ningún punto geográfico concreto, sino un poquito más al norte o más al sur de lo que su cabeza y las endorfinas le indicaron la última vez que salieron a correr.

Los runners dicen que correr les proporciona un bienestar increíble una vez han conseguido superar la fase de los dolores musculares, del ahogamiento y otras malandrinadas que el esfuerzo físico les provoca. Dicen que correr les da la posibilidad de superarse a sí mismos, y el disfrute del subidón de alguna sustancia química que generan y cuyo nombre ignoro, pero que se reparte por los machacados cuerpos de los nuevos urbanitas corredores, convirtiéndoles por momentos en los amos del mundo, calzados con deportivas. Me parece extraordinario e imposible para alguien como yo.

Pero, ¿es el running, como dicen, un estilo de vida? Creo que no lo es.  Pero yo no corro, o al menos no corro intentando batir mis propios tiempos mientras sobrevuelo el asfalto. Mis carreras se limitan a mi vida diaria, corriente y rutinaria, a ir de aquí para allí, de allí para acá y vuelta a empezar para, como puedo, intentar vivir despacio los pocos momentos que las prisas de la vida me lo permiten.

Puede que mi correr no sea demasiado productivo en materia de bienestar porque, contrariamente a lo que les ocurre a los runners con sus carreras, el correr, mi correr, me provoca un gran estrés y la sensación de agotar la chispa de mi vida.

Es por esto que esta mañana, mientras veíamos, de un modo admirado, correr a aquellos hombres y mujeres que intentaban alcanzar una meta o batir sus propias marcas con unas zancadas rítmicas y regulares, un grupito de añosos despistados, con el periódico bajo el brazo, apoyados en las vallas con las que el Ayuntamiento nos ha encerrado, intentábamos pergeñar un plan para saltarnos el confinamiento y cruzar de la acera montaña a la acera mar para, de un modo quedo y tranquilo, tomar el primer café de la mañana, despellejando la prensa y sus maldades. Porque eso es lo que hacemos los domingos corrientes, eso nos devuelve la vida, nos pone guapos, tranquilos, y nos repone las pilas para así, el resto de la semana, poder correr de aquí para allí y de allí para aquí, aunque sin saber demasiado bien hacia dónde vamos. Pero ese intento de ir despacio, contracorriente si se quiere, no me libra de sentir cierta envidia por aquellos a los que corren por correr, zapatillas en ristre, para ellos mi absoluta admiración.