lunes, 14 de abril de 2014

MONOLOGOS INTERNOS


"Una nación que gasta más dinero en armamento militar
 que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual."


Cada treinta minutos entra por la puerta una persona que aboca un sinfín de problemas y angustias para los que no tenemos recursos y por tanto, pocas soluciones. Los que codo con codo nos batimos el cobre con la desesperanza hemos pensado en cambiar el nombre del servicio. Hace algún tiempo, los políticos decidieron ponerle uno muy rimbombante y progresista, pero por obra y gracia de los recortes, aquella “cosa” tan innovadora que iba a traer seguridad, cooperación y tranquilidad al ciudadano, se ha quedado en menos que cero. Hacemos lo que podemos y eso se circunscribe, en la mayoría de ocasiones, a escuchar a quien tenemos enfrente, hacerlo con verdadero interés y no juzgar las decisiones que esa gente que acude angustiada, porque no queda otra, se ve en la necesidad de adoptar.

Dicen los que entienden sobre recursos humanos, que las personas que trabajan con “material sensible”,  material humano para ser más concretos, precisan, para que el grupo funcione, que no se desmorone y de un buen servicio, que se les cuide y se les de soporte y áreas de recuperación incluso emocional. Intentar que  formen una piña compacta, unida, pero conseguir algo así, una base solida, es tan difícil como hacer pasar un camello por el ojo de un alfiler. Pero, en esto, aquí, al menos hemos tenido suerte.

En los últimos meses esa capacidad de escucha la hemos desarrollado de un modo espectacular, hemos bordeado los límites de las condiciones de trabajo para que quienes nos buscan pudiera sacar, ni que fuera por un instante, la nariz fuera del agua para tomar aire y poder seguir buceando, mientras llega la tan cacareada mejoría. Recomendar trabajar en la economía sumergida no es políticamente correcto pero es socialmente necesario cuando las cosas están como están en este momento. Por eso no me duelen prendas cuando a alguien le digo que no pague determinadas cosas, impuestos o tasas por ejemplo, porque primero está el comer, o cuando tengo que suscribir o rubrico algunas cosas que a otros les parecen una temeridad.

En estos momentos no tenemos nada, y cuando digo nada, es nada que ofrecer en cuanto a recursos económicos para solventar los dramas que caen cada ciertos minutos como los granos de arena del reloj imaginario que manejamos. La magia no existe y los poderes sobrenaturales tampoco, por eso los problemas que llegan han conseguido convertirnos en perfectos escuchantes y en elaboradores de soluciones imaginativas que sostienen la precariedad de muchos, como se puede, intentando que no pierdan la dignidad, ni la esperanza. De vez en cuando el encaje de bolillos del “oye, yo tengo a alguien que...” con un “acabo de ver a fulanito que puede...", funciona y lo que parecía imposible se convierte en una realidad aunque se sostenga sobre unos mimbres flacos y un tanto secos.  

Dicen que las cosas están cambiando, dicen que vamos a mejor, pero yo no lo veo, y lo que es peor, ni siquiera lo creo.  Solo sé que sigo escuchando, poniendo parches, bordeando el límite para que el que asoma la cabeza por mi cubículo, en el que ya solo tengo un teclado y un par de oídos, crea y confíe en que nuestro servicio sirve para algo, aunque los que mandan, los que de verdad deciden, crean que ya no servimos para nada nos tengan en el limbo de lo prescindible.





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