miércoles, 4 de noviembre de 2015

PLEXUS




Me gusta que me busques pero que no estés seguro de que vas a encontrarme.
Antonio Muñoz Molina



Enredó los pies entre los suyos. Buscaba más la cercanía que aplacar el frío que sentía. Esperó un movimiento, aunque fuera ligero, que denotara que todo quedaba olvidado, que aún quedaba un resquicio por el que colarse aunque fuera estrechando las miras que en un principio manejaban. Insistió empujándolos con delicadeza hasta encontrar la curvatura de su espalda. Allí estaba el todo. Recordó los momentos en los que aquella misma cama les había convertido a uno en la prolongación del otro y supo que aquella respiración que ahora se acompasaba con la suya era la que quería tener siempre cerca. Ya no recordaba cómo había empezado la última discusión, algo intrascendente buscado como una excusa para expulsar el veneno que llevaban dentro. Pero ahora, cuando los trastos restaban ardiendo junto a la mesa del salón, buscó su nuca para inspirar su olor y saberse a salvo.  Respiró y en duermevela sintió que sus manos cálidas, como sus pies, se acoplaban entre sus muslos y supo que todo estaba bien.


lunes, 2 de noviembre de 2015

DIARIO 2.0



No hay errores. Solo hay actos extraños.
Marguerite Duras


I.- Desde hace un par de semanas me niego a que durante las comidas, o las cenas, me da igual, se hable de política. Tengo malas digestiones y no quiero que se acrecienten a base de escuchar barbaridades a todas horas. Algunos términos, de las discusiones que escucho, son tan grotescos que bien cabrían en una antología del disparate, nacional o nacionalista, escójase lo que se quiera.

II.- Hay gente tan borde que corta la leche con solo mirar el envase.

III.- Le dije que le quería y que le quería mucho. Me regaló un cartucho de castañas asadas. Lástima que fuera en pleno mes de julio y la cosa quedara extraña. Pero desde entonces y hasta ahora, no hay amor que valga que no tenga el aroma de un otoño anticipado.


IV.- La modernidad impone la copa menstrual para los días raros, eso sin olvidar una buena copa de vino tinto a la par. Lo rouge siempre tiene un efecto euforizante, como poco, en mi vertiente femenina.


domingo, 1 de noviembre de 2015

CASARSE EN EL ARMARIO


El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, 
y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.
Gabriel García Márquez


A la ley todo el mundo le da coces, en muchas ocasiones por pura ignorancia. En una tertulia de tres al cuarto, un personaje típico de las crónicas del corazón, pone a caer de un burro a una conocida presentadora de televisión y a un cocinero de postín que han decidido casarse en el vestidor de su casa. Una elección curiosa como escenario, no diré que no. Pero en estos momentos, en el que uno puede casarse en una ceremonia que puede ser oficiada por un ministro de confesión religiosa, un Juez, un Alcalde, un Concejal delegado, o un Notario, debemos empezar a pensar que también el decorado va a ser variopinto. Pero eso es lo anecdótico, lo importante es qué significa ese acto para las partes contrayentes y para el universo.
La gran mayoría de parejas que se forman en el llamado primero mundo (motivos espurios a parte), esperan encontrar en el otro: respeto, apoyo, una convivencia sincera, socorro mutuo y compartir las responsabilidades. No conozco a nadie que busque una  cosa muy distinta cuando decide compartir su vida con otra persona. Para casi todos, esas cosas son los pilares de la vida en común. Estos elementos tan sustanciales y que parecen tan obvios no son ni más ni menos que (¡Oh, sopresa!), los derechos y las obligaciones que la ley vincula al matrimonio. Cuando escucho a determinadas personas denostar el matrimonio y alabar la constitución de parejas estables siempre les pregunto: ¿Qué esperas de tu pareja? La respuesta casi siempre es la misma: el soporte, la fidelidad (no solo física), la ayuda, etc., y entonces, no sin cierto regocijo travieso, repregunto: ¿Y por qué no te casas? La respuesta es casi siempre la misma, “no quiero que unos papeles gobiernen mi vida”.  Y ahí ya no me queda otra que decir que eso está muy bien, y dejarlo ahí si la cosa no se tercia amable y con ganas de seguir la charla. No albergo ninguna duda de que esa afirmación casi nunca es cierta, al menos no con una perspectiva de futuro. Cuando llega la desgracia de la ruptura, o incluso del fallecimiento de alguno de los miembros de la pareja, los papeles vuelan arriba y abajo porque aquel que en un momento de su vida decidió que no quería que "nadie" (la ley, la institución del matrimonio, o lo que fuera) gobernara su destino, ahora necesita de la fuerza de una Ley que le amparare para que se le reconozca lo que cree que le pertenece por esa comunidad de vida que formó. 
La realidad es tozuda y al final, las cosas son lo que son, y se necesitan mucha honradez para asumir las consecuencias de las decisiones que se adoptan, no solo en el matrimonio, obviamente. La elección de lo que cada uno quiere hacer con su vida es cosa de cada uno, pero tampoco hay que ser ingenuos, ni ser unos “anti” porque eso sea lo moderno. Casarse o no casarse es mucho más que meterse en un armario, o sentarse al borde de un acantilado para prestar un consentimiento a algo que va a trascender en el futuro. La vida en pareja es una aventura extraordinaria, y ahí que cada uno incline la balanza hacia donde quiera, para bien o para mal. Y todo eso sin hablar del amor, ni mucho menos del enamoramiento, porque ese es otro tema.
En todo caso, felicidades pareja, dentro y fuera del armario.






jueves, 29 de octubre de 2015

DIARIO 2.0


Cuando cambió de postura sintió contra la cara la almohada mojada y fría.
Ian McEwan


Las críticas que está recibiendo “La ley del menor” de Ian McEwan están siendo todas estupendas desde un punto de vista literario. No seré yo quien diga lo contrario, porque mentiría, así lo creo. Debo reconocer que lo he leído de un tirón, en dos ratos muertos que he pasado sentada apurando el almuerzo que en las últimas semanas se suceden en la mesa de mi despacho, en la que se acumula más papel del que puedo digerir. Cuando lees un libro de corrido es porque estás atrapado. Eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí. Los motivos son diversos.  Algunos libros no pasan desapercibidos y éste es uno de ellos. Nada que decir desde el punto de vista narrativo, pero sí al respecto de la trama. Una apreciación que proviene de una lectura que no está exenta, como casi siempre, de la visión que cada uno tenemos de determinadas cosas. Por eso, al leer a McEwan no puedo dejar de pensar, y volver, sobre la idea de la trascendencia que sobre la vida de otros tiene la intervención de determinados profesionales; de la necesidad de calibrar desde cierta distancia algunos hechos que se suceden en estas relaciones. 
Tomar decisiones o incluso las riendas de los conflictos de otros conlleva consecuencias, y uno ha de ser consciente de ello.  Sin embargo también creo que esa responsabilidad, que a veces pesa como una losa, no puede convertirse, de un modo automático y casi justificativo, en culpa cuando las cosas se desbordan.  La vida está llena de acontecimientos en los que intervenimos y que perdemos de vista al cabo de un tiempo, por necesidad, por precaución, o simplemente porque es ley de vida. Lo que a veces sucede por el camino no siempre está a nuestro alcance y pienso que es mejor así, lo contrario sería un sinvivir, porque el ser humano es poroso y en determinadas profesiones, aunque uno se revista de la pátina de neutralidad y asepsia sin perder cierta empatía, la vida ajena va calando y haciéndose hueco, para bien o para mal.
Sé que debo releer “La Ley del menor” para recrearme en la suerte de su protagonista y comentar, después y entre bambalinas, que las lágrimas de Fiona Maye son universales. 




sábado, 24 de octubre de 2015

ENTRE LOS DEDOS




Yo soy una violeta y un aliso, lo frío y lo tibio en la carne.
Pier Paolo Pasolini


La única respuesta que puedo dar es que hablar contigo es una necesidad que no se acaba nunca. Que cuando la vida se atraviesa, convirtiéndose en un páramo silencioso, el recuerdo de tu voz la envenena, haciéndola difícil, estéril, casi hueca. Agua que se pierde inútilmente entre los dedos, nada la puede retener. Intento, una y otra vez, que la tormenta escampe, que se aleje y se estrelle contra cualquier sombra ajena, pero siempre aparecen los monólogos sostenidos en silencio, con los dientes clavados en la almohada, para no perder la costumbre, por si vuelves. Al amanecer todo pasa y las antiguas heridas se transforman en pequeñas cicatrices, casi invisibles, que salvaguardan el recuerdo. Siempre tú, en la otra orilla, bañado de inconstancia, del temor a los labios que pronuncian tu nombre.