miércoles, 4 de noviembre de 2009

LAS MALDITAS PARTIDAS DE AJEDREZ

 A veces la sensación de fracaso es tan brutal que hace que te replantees tu posición en el tablero. Quizás debes dejar de jugar, abandonar la partida porque olvidaste que las reglas del juego no sirven para nada. Ni el alfil, ni los peones, ni las torres, ni la tan ansiada Reina, están a salvo del manotazo del que pase cerca y decida que la partida ha terminado. Así, porque no le gusta el color de las figuras, la posición que ocupan o simplemente porque cree que ha llegado la hora de acabar con el juego.Uno nunca está preparado para ver, oír, ni sentir determinadas cosas. Hoy, era un día normal, como cualquier otro. Un día de carreras, lo habitual. Nada que fuera inesperado. Sin embargo una llamada y, de golpe, todo se ha oscurecido y he tenido la sensación de que el corazón se me paraba. Miro alrededor y todo parece funcionar a cámara lenta, intento articular una palabra y no hay voz, se ha quedado clavada en mi interior, en alguna parte de la que no quiere salir. Sigo con la vista nublada y mi buen compañero, el que tantas fatiguitas pasa conmigo desde tiempos inmemoriales, decide acompañarme para evitar que antes de llegar al hospital, tenga un accidente y sea yo la que acabe en una cama.
Estamos en la UCI, huele a desinfectante. No nos dejan pasar. Sólo dos personas pueden estar allí. El olor a hospital me pone enferma. Se me acrecienta el mareo y la sensación de vértigo. Vuelvo a ver el mundo a cámara lenta. Recuerdo este pasillo, la última vez que estuve allí estaba a punto de enterrar a mi padre. Hoy me traen otros motivos. Sale Carmen, viste una bata verde y me pide que pase. Creo tener los pies anclados en el suelo, moverlos es mover una tonelada de angustia y de sentimientos de culpabilidad, remordimientos y mala consciencia. Cruzar la puerta que me separa de Isabel me va a costar un mundo y un camino sin retorno. Se me desenfoca la vista, no veo nada. Necesito parpadear insistentemente. Ahora veo una cama, un bulto y un montón de tubos y cables. No voy a poder controlarme, empiezo a notar que se me humedecen los ojos, tengo la vista totalmente nublada y soy incapaz de reconocer a Isabel. Me acerco, intentado no hacer ruido (quizás así logre no despertar a los monstruos que empiezan a crecer en mi interior), los labios reventados, una ceja totalmente partida, una mejilla tapada por un apósito impresionante, la nariz rota y un bulto donde antes había un ojo. Carmen levanta la sábana, y no puedo evitar que las lágrimas vayan por libre, no puedo controlarlas pese al enorme esfuerzo que estoy haciendo. Las piernas irreconocibles, dos cosas, todas llenas de cortes, llenas de golpes
¿Qué ha pasado?. Muy simple, él se presentó en casa de Isabel, como siempre había dicho que haría, la esperó en el rellano de su piso a que volviera de trabajar. Le pegó, la vejó, le golpeó la cabeza contra la pared y la tiró por la escalera. Isabel tiene dos vertebras rotas, una cara destrozada, unas piernas que no la sostienen ni la sostendrán, la consciencia perdida y un procedimiento judicial que no sirvió para una puta mierda.Hoy me siento peor que nunca.