domingo, 8 de noviembre de 2009

LOS COLORES PRIMARIOS


Coloca sobre la mesa, en una perfecta distribución, tres pinceles, tres botes de acrílico, los colores primarios, un frasco de agua fuerte, dos tiradores y una paleta. La silla, descabalgada, imprime un ligero balanceo a cada inclinación del cuerpo que se ocasiona para ordenar los elementos esenciales de la pintura perfecta, de una existencia impecable.
Al frente, un caballete convertido en soporte vital que sostiene una vana existencia.
Empezará esbozando una línea central, una división a dos. A un lado, debe centrarse lo esencial, lo natural: el magenta, el cian, el cadmio, y nada más. En el costado vecino, la fusión de todo lo anterior, la imperfección reflejada en una combinación imperecedera: el blanco. La definición perfecta de la vida vivida.
Tres trazos, tres colores, tres verdades absolutas: nacer, amar y morir. Todo en estado puro situado a un costado de la tela. El cadmio: el nacimiento, el magenta: el amor, el cian: el fin eterno. Y a partir de ahí, de la combinación de esta paleta, todo lo demás. Pura mistificación de verdades absolutas con el fin de dar cabida a las mediocridades que creamos y discurren por el camino que nos lleva a través de las tres verdades, en un orden preestablecido e inalterable, como todo lo incondicional.
Hoy, sólo dos trazos plasmados, nada más, cadmio cadencioso y magenta majestuoso. El mundo se ha vaciado de mediocridades, no caben en su tapiz. Dos verdades alcanzadas, mil mediocridades combinadas que no van a formar parte de ese primer bosquejo por voluntad del que ha decidido rehacer la pintura de su vida.
Si el fin, como tercera verdad absoluta, está cerca, deberá ser otro quien ponga el trazo azul cian, quien finalice la inacabada estampa que ahora queda fijada por siempre más en la entretela que conforma su vida. No hay espacio para la mediocridad. No hay espacio para nada. Sólo para dos de las verdades absolutas que son las únicas irremplazables hoy por hoy.