domingo, 22 de noviembre de 2009

UNA NUEVA PERSONA HUMANA EN MÍ, MISMAMENTE




Algo empezó a rondarme el jueves, una comezón extraña. En lugar de pensar que estaba incubando una buena gripe (no sé si A, B, C, ó D), pensé que estaba empezando a tener una revelación, entrando en una tercera fase de mi conocimiento interior, que estaba resurgiendo cual ave fénix de sus cenizas, una nueva persona humana en mí, mismamente.
Lo sé, lo sé, la imaginación me mata, y mis ganas de diferenciarme del común de los mortales también. Pero es que no era fácil no creer en que estaba frente a la nueva construcción de mi estupendísima personalidad pues, como digo, junto a la comezón, a ratos tenía una especie de delirios poco normales (creía entender cosas que hasta hace algún tiempo no entendía; mi empatía funcionaba incluso con los que últimamente andan puteando la “situación”; veía a las palomas como la encarnación de algo extraordinario y tenía “visiones” sobre lo que estaba ocurriendo en otros mundos), por lo que, no cabía duda alguna de que algo extraño y extraordinario tenía que estar pasando.
Como la cosa se arrastraba desde el jueves, pensando que me estaba transformando en una especie de ser superior, el viernes tenía que dar un golpe de efecto. Pero como todo se me precipitó de un día para otro, en ese momento no me cabían grandes gestos de rebeldía (agenda de infierno, comida para una nueva colaboración profesional, la cuestión doméstica de esa mejor ni hablamos) así que decidí que al sobrio traje chaqueta le iban a acompañar unas estupendísimas medias tupidas de color fucsia, ese sería mi gesto de rebeldía en la nueva vida en la que estaba entrando.
El ataque rebelde aguantó todo el día, si bien con alguna que otra extraña mirada que yo atribuía al deslumbre que mi nueva aurea provocaba en quien tan atentamente me observaba. Y eso duró hasta que entrada ya la tarde, alguien que no entiende que es eso de rebelarse contra nada, me espetó en toda la geta mientras me miraba las piernas como si en lugar de tenerlas a continuación del culo las tuviera puestas una en cada sien: “quien te ha engañado para que te pongas eso. ¿Qué te has tomado?, tienes los ojos vidriosos”. Ipso facto, me puso la mano en la frente y me dijo: “Anita, tienes fiebre, creo que deliras, tómate algo y métete en cama.” óbviamente no le hice caso, pensé que no era más que otro incapaz de ver donde empieza una extraordinaria y genial personalidad, así que ni caso y yo a lo mío.
Sin embargo, el sábado por la mañana pude comprobar cómo ciertamente estaba delirando. Un viaje a “Mercadona” y comprobar cómo en la pescadería los mejillones se movían agitando sus valvas a una velocidad de vértigo como dándome los buenos días, las cigalas aplaudían y los boquerones saltaban haciendo cabriolas cómo los saltimbanquis del “Cirque du Soleil”, todo mientras solicitaba me pusieran un rodaballo, me hizo pensar que algo no iba bien y que quizás sí que debería ir a ver al médico o por lo menos a mi farmacéutico.
Así que mi delirio místico-egocentrístico terminó con la transfusión en vena de un kilo de antigripales, 20.000 paracetamoles, un litro de caldo en tetrabrick, y una llamada al móvil que me decía: “Anita que sea la última vez que colocas el toner de la fotocopiadora a la cafetera y las cápsulas de la “nespresso” al fax”.
Menos mal que mañana, si no he muerto en el intento de superar el fin de semana, tengo que viajar y no me verán en la oficina, no sabría cómo justificar las cosas dichas a algún que otro compañero, el aspecto con el que acudí a trabajar el viernes, ni el porqué mandé a la mierda al mejor cliente que tenemos.
Hoy ya he vuelto a la normalidad, y la medias están de nuevo en el cajón de mi cómoda a la espera de que las rescate de nuevo para otro envite personal. Cosas de la gripe.