miércoles, 4 de agosto de 2010

INFIERNO


En las cuestiones de amor soy un desastre. Siempre me enamoro a destiempo y de quien no toca. Eso me ha caracterizado en los últimos cuarenta años, así que  no pienso volver a enamorarme. Es una confesión en toda regla. Removemos los gin-tonics preparados para la ocasión. Las penas de amor merecen ser regadas, adobadas y trituradas en compañía, es la única manera de exorcizarlas.

He llegado a éste lugar después de no pisarlo desde hace muchos meses. No me gusta, venir es un suplicio. Soy la extranjera, el elemento discordante, la rarita. Creo que ellas son las únicas que se alegran de verme porque, les recuerdo un pasado que les gustaba. La Una, al igual que yo, es extranjera (afincada en estas tierras por las partes blandas), la Otra, es un elemento discordante en la sociedad bienpensante del lugar y, desde luego, las dos, tan raritas como yo creo lo era en su día.

En estos momentos, nuestras diferencias son cien, o mil, no sé cuantas, pero muchas. El tiempo las va acrecentando. La Una se ha convertido en ama de casa, tiene tres niños a su cargo y un marido que "dice" la quiere. La Otra, dice haber  mutado su orientación sexual en busca de mundos más amables y que no volverá a enamorarse.

Sin embargo, algunas cosas nos unen, sobre todo del pasado. El destino nos llevo a coincidir a más de mil kilómetros de nuestra casa hace ya muchos años. Encontrarnos en este lugar del mundo, durante algún tiempo, fue un alivio.

La Una me cuenta que está inquieta porque cree que se va a enamorar. Que cada día cuando abre la ventana y huele la lavanda sabe que se va a enamorar. Lo dice con una mirada extraña. Creo que ha empezado a perder la cabeza, que el aire del campo no le sienta bien y que ejercer de madrastra de tres vástagos en plena adolescencia está terminando con ella. La Otra no dice nada, está postrada en una silla como si el calor del mediodía la hubiera disuelto en las tablas de por vida. Creo que ni tan siquiera nos oye, no nos escucha, sólo fuma.
Le digo a la Una que enamorarse no es una sensación de futuro, que uno se enamora en el ahora y que, para eso, precisa tener un sujeto cierto que le remueva las tripas, los humores y le provoque un estremecimiento en el centro de su humedad más inmediata. Sin eso, no hay nada. Le recuerdo que el enamorarse es algo cierto aunque  tan efímero como una rubeola, que pasa al poco tiempo y que, si uno no se cura, deja unas marcas eternas. Hay que tener tiente a la hora depositar esos amores locos y dejarlos al aire, al olor de la lavanda, es una temeridad, además de una locura imposible.

La Una me mira de forma extraña mientras apura su bebida. Se transforma en vitriólica. Dice que soy un ser detestable. Que ya no soy yo, que he cambiado. He perdido el romanticismo y la creencia en el amor. Por eso nunca seré capaz de amar a nadie. Dice que no quiere volver a verme.
Hasta hace cinco minutos el lugar era encantador. Una arboleda nos rodea, una mesita con tres sillas a la sombra de unos pinos centenarios y el fresco de la sierra, habían convertido la tarde en idílica. Ahora, el sol parece querer salir corriendo.

Le pregunto por qué me dice eso. Me mira muy seria y me dice que que hasta hace apenas media hora, ella soñaba que en cualquier momento su vida de mierda iba a cambiar, que su esperanza tenía el olor de la lavanda que respiraba cada mañana. Que no quiere saber la verdad.
Un perro empieza a aullar como un lamento al sol que ya se esconde. Oigo los sollozos de la Otra, que lamenta su  mala suerte. El aire se vuelve irrespirable.

Ya nadie habla. Ni se ven los estorninos, ni llega el olor de la lavanda. Los ojos clavados en el horizonte, escuchando la nada. Sólo llega el aliento del infierno que se acerca por la espalda y yo no puedo moverme.