lunes, 9 de agosto de 2010

RODILLAS Y MOVILES


Abro el cuaderno sin mirar por donde, sólo busco un espacio blanco para anotar una tontería que acaba de pasarme por la cabeza. En la esquina de la página, escrito con un trazo extraño, un número de teléfono que anoté, a saber cuándo y por qué. No sé de quién es. Saberlo es sencillo, sólo tengo que sacar mi teléfono, marcar y esperar.
Voy en el autobús, las sacudidas son colosales. Miro al tipo que tengo sentado frente a mí, me mira el escote y ni siquiera se entera que he clavado mis ojos en su nuca esperando a que levante los suyos que andan perdidos por donde no deben. Un pobre infeliz.
Sujeto el cuaderno con firmeza. Si tardo mucho más en anotar lo que me ronda por la cabeza terminaré olvidándolo. Así que vuelvo a mirar la página y el número anotado que no me recuerda nada. No debió ser importante, ni siquiera lo acompañé de un nombre. O tal vez sí, y no lo anoté porque era imposible olvidarlo. No lo recuerdo.
Un frenazo me saca del ensimismamiento y veo a mi compañero de asiento mirándome las rodillas mientras sonríe. Ahora sé que no me ve a mí, las tengo tan cubiertas que es imposible que vea más que un trozo de algodón. Sin duda piensa en alguien que no soy yo. Me alegro por él.
Estamos en agosto. Extrañamente la ciudad rebosa gente. Cientos de personas bajo un sol feroz. Estamos solos, mi compañero de asiento, la chica que espera en la parada, el abuelo que cruza por donde no debe. Todos solos. Pero yo tengo un teléfono y un número, tal vez lo marque.