viernes, 25 de noviembre de 2011

CUANDO UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS



Pasaron las elecciones y la maquinaria para la formación del nuevo Gobierno está en marcha. Reuniones, encuentros, traspasos, alguna que otra declaración y fotos, muchas fotos. Vivimos una especie de borrachera colectiva que nos tiene sin saber demasiado bien a dónde iremos a parar. La preocupación de casi todos va en aumento. Europa navega a la deriva y nosotros temiendo chocar contra el iceberg de la economía. Algo se está muriendo, queramos verlo o no.

A este panorama desolador, se le une mi zozobra personal, y es que el ver a la Sra. Soraya Sáenz de Santamaría continuamente en los papeles, atendidas sus circunstancias, me produce tiricia.

No me gusta nada verla día sí y día también (desde la noche de las últimas elecciones), en los periódicos, en la televisión, en cualquier medio de comunicación. Y no tiene nada que ver con el hecho de que la conocida política, diputada electa y Abogada del Estado en excedencias, sea del PP; eso me da exactamente igual. Si fuera del PSOE, de CIU o del Bloque Nacionalista Gallego diría exactamente lo mismo a lo que voy a decir.

En este país se ha trabajado muy duro para que se reconozca el derecho de sus ciudadanos a compaginar la vida laboral y la familiar. Entre estos derechos, se encuentra el de gozar de los permisos de maternidad y paternidad que permitan a los progenitores estar cerca de sus hijos, cuidarlos personalmente, al menos durante los primeros días, semanas, incluso meses, de su nacimiento. En cuestión de reconocimientos sociales estamos en la cola de Europa, no podemos olvidarlo.

Es por eso que entiendo que desde un punto de vista "profesional" (lo que uno hace a sueldo, deja de ser algo vocacional o incluso ideológico, para convertirse en un modo más de llevar las lentejas a casa), la Sra. Sáenz de Santamaría esté muy contenta por el éxito de su partido y por el ya cantado ascenso que en su carrera va a suponer esa victoria. Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí, desde un punto de vista humano, político e incluso profesional, el hecho que la Sra. Soraya Sáenz de Santamaría, nueve días después de parir, apareciera en el balcón de la calle Génova (la sede del Partido Popular), y después la vea, continuamente, de reunión en reunión, me pone el cuerpo fatal hasta, por qué no decirlo, cabrearme.

Algunas cosas deberían estar por encima de la ambición profesional, y una de esas cosa podría ser el bien colectivo.
En política, sobre todo, hay cuestiones que deberían trascender por encima de lo individual (egos y ambiciones incluidas). No sé si alguien del partido del próximo Gobierno ha pensado en la imagen que se está transmitiendo a los ciudadanos cuando la Sra. Sáenz de Santamaría aparece en los medios de comunicación hablando de los próximos pasos gubernamentales, manteniendo ruedas de prensa, reuniones tras reuniones y trabajando, aparentemente, muchísimo.

¿Cómo pretende que creamos que velaran por los derechos conciliadores de los trabajadores si ellos mismos no se aplican el cuento? Y no me vale que me digan que es una cuestión de urgencia y necesidad, que en este momento se necesita a todas las cabezas pensantes del partido en acción. No lo es. La decisión de la Sra. Sáenz de Santamaría de reincorporarse a su trabajo nada más dar a luz, es una decisión personal que, si bien en el ámbito privado puede no ser discutible, desde un punto de vista de la imagen política es una fatalidad.

Y es que no puedo evitar pensar que la anteposición de la ambición personal a algunas otras cosas nos dan la medida de a quién tenemos enfrente. En este caso, su decisión, no es una cuestión que sólo le afecte a ella o a su familia, sino que lo hace a todos, empezando por su partido y terminando por el resto de los ciudadanos de este país.

El movimiento se demuestra andando, y algunos tienen un plus en su "obligación" de caminar porque, entre otras cosas, el "andador" se lo pagamos entre todos. Creo que habría sido mucho mejor, a la imagen y prestigio de la Sra. Sáenz de Santamaría que se hubiera acogido al permiso de maternidad que le corresponde, haciendo notar a todo el mundo que así lo hacía y que, pese a ello, seguía en la carrera por alcanzar un puesto en el Gobierno. Habría sido una bonita lección para todo el mundo.
Y es que en política pasa aquello de la mujer del César, no basta con que sea honesta, sino que tiene que parecerlo.