domingo, 27 de noviembre de 2011

GOOGOL ON MY MIND



La manera más sencilla para desintoxicarse de uno mismo, de lo que le rodea, puede estar en centrarse en algo interesante, algo que requiera colocar toda la atención del mundo en ese barbitúrico mental y, al final, si hay suerte,  dar lugar, incluso,  a algo interesante, cuanto menos para uno mismo. Pero existe otra manera, centrarse en algo tan vacuo, algo tan inútil, que no sirva para nada. 
En ocasiones, se me dispersa la cabeza y no tengo intención de que se centre en nada, la dejo por ahí, divagando entre cosas que  jamás me servirán para nada útil.

Puede que por eso, esta mañana, después de desayunar un escuálido té con menta, haya centrado toda mi atención en gúgol, o googol, ese número limitado a un simple uno e infinitamente prolongado con una serie inacabable de ceros. ¿Para qué sirve gúgol? No tengo ni idea. Hace algún tiempo leí que no servía para absolutamente nada. Y en esas andaba cuando me he dado cuenta que gúgol no es sólo útil, sino utilísimo para los diletantes, bipolares como yo.

Gúgol, ha tenido una utilidad que ni el mismo Eduard Kasner, el matemático que lo inventó, hubiera podido imaginar jamás. Sí, unas cuantas horas de gúgol alejan pensamientos difusos y extraños, centran la atención en la mixtura de las natillas que a fuego lento he preparado a las seis de la mañana,  modifican la intensidad del riego a los que he sometido a los hibiscus que empiezan a mal llevar el mes de noviembre y, sobre todo, aleja sombras.

Gúgol es una secuencia numérica, imposible, increíble y vorazmente satisfactoria. Ha dejado mi pensamiento en un estado lineal, plano, y eso, a veces,  no sólo es bueno, sino incluso deseable. 
No todo lo que parece, es. Ni todo lo que es, parece lo que verdaderamente es.

1000000000000000000000000000