domingo, 31 de octubre de 2010

EL HOMBRE DE MI VIDA Y SUS CALCETINES VERDES


Tarde de sábado. La nieve, que ha llegado antes de hora, lo ha cubierto todo. Estamos en casa. Lo que de natural se haría incómodo, por extraordinario, se transforma en una fiesta. Es la hora de la siesta. En el sofá, el hombre de mi vida y yo. Él luce pijama afelpado y unos calcetines verdes, yo unos vaqueros y un jersey enorme rescatado de visitas anteriores. 

Estamos tumbados, juntos. Tengo su cabeza apoyada en mi pecho mientras sus piernas ocupan gran parte del espacio que tenemos que repartirnos como podemos. Sobre mis rodillas un almohadón sostiene un ordenador diminuto, sin conexión al mundo. No la necesitamos. Compartimos los únicos auriculares que tenemos para no romper el silencio que tiene a los demás descansando. Cuando menos lo espero me da un beso pegajoso, coge mi mano fria con la suya fuerte y templada. Vuelve a acomodarse sobre mí. Estamos viendo  “Tom y Jerry”. 

Nuestras copas son dos vasos de zumo de granadina y las delicatessen que los acompañan, dos bolsas de nubes y palomitas que compramos ayer. Hay amores que lo valen todo aunque una esté llegando al ecuador de su vida y su  amor querido no pase de tres.