domingo, 17 de octubre de 2010

IMPRONTA


 "Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento no se debe amar, pero entonces se sufre por no amar, de modo que amar es sufrir y no amar es sufrir, y sufrir es sufrir. Si para ser feliz hay que amar, para ser feliz hay que sufrir, pero sufrir hace a uno infeliz, por lo tanto para ser infeliz uno debe amar o amar para sufrir o sufrir de tanta felicidad, y dejémoslo que es un lío."
Woody Allen


Subí al tren sin más equipaje que yo misma, en un último intento por recobrar el control sobre lo que había sido mi vida hasta hacía apenas unos meses. Monté en el vagón cuando faltaban unos minutos para que comenzara un viaje del que ya no podría apearme, pasara lo que pasara, si decidía seguir sentada. Me empezaron a sudar las manos aunque sentí frío. Había hecho una apuesta al vacío que sabía tenía perdida de antemano. Lo sabía, desde el inicio. Quizá, porque lo sabía y lo comprendí desde el primer momento, pese a la locura que me arrastraba, guardé, por una prudencia que desconocía hasta entonces, dos gramos de cordura. Buscando un último salvavidas, antes de que el pozo lo engullera todo, sólo me quedaba tirar de aquellos escasos gramos de sensatez. Miré por la ventana, al fondo aparecían los primeros edificios. Iba a diluirme en la ciudad. Miré el reloj y lo paré en el minuto preciso que alcazaba la estación. Bajé sabiendo que iba a recorrer el andén para sentir la soledad más absoluta. Un viaje que buscaba recobrar una vida que se escapó como arena entre los dedos abiertos, y devolverle la ficción que me entregó. Una quimera con envoltorio de caída al abismo. Un error de bulto tan enorme como las pesadas consecuencias que había dejado su impronta.