domingo, 3 de octubre de 2010

OTKYUAJA -LATIDOS-


Se levantó del banco mientras se tocaba las rodillas. Hacía frio. No había vuelto desde que lo evacuaron en un triste autobús. Comenzó a caminar, poco a poco, recorrió las calles de lo que algún día fue su ciudad. No reconocía nada. Ni siquiera quedaba en pie la colina que la resguardaba de los vientos del norte. Los edificios modernos, acristalados, la habían convertido en una réplica común de cualquier  lugar del mundo. Quizá la globalización sea eso mismo. Destruimos y nos volvemos todos iguales.
Sólo la alameda continuaba intacta. El camino al infierno, el mismo de siempre, gris, húmedo y escondido. Lo que no se ve, no existe. Nadie piensa que su último recorrido será éste, su último lugar en la tierra. Deslizó la mano por la cabeza y arrugó contra su pecho el gorro con el que intentaba cubrirse del frio. Un gesto a la nada o al todo, no lo sabría. Se acercó caminando despacio al único sitio en el que estaba seguro que no les encontraría jamás. La carne no es nada.
Pasó los dedos por encima de las letras grabadas, hundiendolos con fuerza en las dolorosas incisiones.  Pronunció en voz baja los nombres que el índice leía. Goran Bosanski. Sanelia Stojanovic.
Volvió sobre sus pasos. Dejó de reconocer las avenidas de nuevo. Apoyó la mano nudosa sobre el pecho. El latido de su corazón marcaba la cadencia de la vejez que empezaba poseerle. Un latido a destiempo confirmó lo que desde hacía años pensaba, al final, los que se han ido se quedan  viviendo ahí dentro. La guerra no puede con todo.