sábado, 1 de octubre de 2011

LES CHORISTES


He pasado la tarde en un concierto. A principios de semana, mientras guardaba cola en el ambulatorio, me encontré con mi vecino, Pisarev. No es su nombre real, claro, pero es el que le gustaría. En otras ocasiones he hablado de él. Vive en mi mismo bloque, enviudó hace ya algún tiempo y, de una manera absolutamente curiosa, coincidimos en nuestro gusto por las películas de Katherine Hepburn, por el caldo de pollo y algunas otras cosas.

Pisarev ha pasado todo el verano en casa de uno de sus hijos, deseando volver a su casa. Le entiendo porque como en casa de uno no hay nada por mi buena que sea la compañía.
Nos ponemos al día mientras esperamos que nos atiendan. Al final, salgo con la receta de un antihistamínico y una cita  para la tarde del sábado.

Hace algún tiempo, Pisarev, para llenar las tardes, que se le inundaban de pena y soledad, se unió a un coro. Dos veces a la semana se reúne con sus compañeros para ensayar lo que  las tardes de sábado cantarán allá donde les quieran escuchar. No son grandes artistas, cantan por el gusto de cantar, porque pese a la edad, mucha en el caso de algunos, continúan vivos.


Me siento en primera fila, hoy inician la temporada. Apoyo en mis piernas un bastón coronado por una empuñadura desgastada, necesito las manos para aplaudir a rabiar. 
Y le aplaudo porque le admiro, mucho. No por su voz, sino por la bendita ilusión con la que lo hace todo en esta vida.
Pisarev cumplió los 76 el pasado mes de mayo y le queda cuerda para rato, tiene el secreto en sus manos: la ilusión de vivir.