viernes, 28 de enero de 2011

AIRE


A los pies de mi cama reposa un baúl de madera. Fue bautizado, hace ya algunos años, como el baúl del “por si acaso”. Ayer, mientras buscaba la póliza del seguro de mi casa, rescaté una carpeta de papeles, fotografías y demás.  
Me senté en el suelo porque no de otra manera se puede leer y ver algunas cosas. Encontré las notas que escribí el día que falleció mi padre. Era un sábado, el frío nos había dado una tregua y un tímido sol vestía la mañana. El día había amanecido esplendoroso, pero aún así supe, aún  no sé como, que no pasaría de ese día. Cruce Barcelona y tuve la certeza, de nuevo, que era la última vez que recorría ese camino.
Leer hoy, con la perspectiva del tiempo, lo escrito sobre un momento que entonces estaba por llegar, en el que todo se basaba en incertidumbres, se me hace extraño, y me maravillo ante la  capacidad que tenemos las personas para percibir, intuir sin saberlo, como discurrirán los acontecimientos, nuestros estados personales y nuestros propios sentimientos.
No fueron buenos días, tampoco estos lo son. Deberíamos aprender a elaborar el duelo ante las pérdidas que súbitas o esperadas nos dejan tiritando. Deberíamos poder exorcizar la pena cuando nos invade y pensar, aunque nos parezca imposible, que podremos continuar caminando con la mirada al frente. Nada, salvo nuestro propio final, nos puede detener.
Las ausencias pueden ser como piedras en un bolsillo que nos hunden al intentar cruzar el río. Sin embargo, prefiero pensar, aunque a veces ni yo misma lo creo, que se convierten en el aire que nos empuja, a pesar del dolor con el que lo impregnan todo,  hacia el maravilloso futuro que nos espera aún sin saberlo.
Ayer volví a guardar con cuidado lo anotado aquel día mientras viajaba en la parte trasera de un autobús. Abro la ventana, ni siquiera los dos grados de temperatura me acobardan. Necesito aire.