viernes, 7 de enero de 2011

NOS HABÍAMOS PELEADO TANTO


Hay una persona, una mujer, que me lee desde hace meses. Sé que me lee porque ella se encarga cada día de que lo sepa. Sé, porque yo también se leer, que lo está pasando mal. Una sucesión de perdidas y la incursión en su vida de cuestiones que creía haber cerrado hace tiempo, la tiene navegando en un mar de dudas y tristeza. Sé que ella sabe que yo lo sé. En estos días, estoy releyendo un libro que siempre me acompaña, vaya donde vaya. Una recopilación de artículos escritos por Montserrat Roig entre el año 1990 y 1991. Esta mañana de estado gripal llegué a uno, en concreto, el que la autora tituló "Nos habíamos peleado tanto" y me acordé de ella. Y me acordé de ella no porque nos hayamos peleado jamás, sino porqué sé que se siente como se sintió la autora y sé, porque lo sé, que tiene que seguir caminando. Por eso, le dejo esto aquí.
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"Me lo acaban de decir. Y no quisiera cometer la impudicia de hacerles partícipes de mi perplejidad. De mi dolor. Pero lo tienen que saber. Porque ella ya no está y, esta idea, la idea de que ya no hablaremos por teléfono, no nos pelearemos y, sobre todo, ya no nos reiremos juntas, duele. No les quiero transmitir la claridad de la ausencia, pero lo tienen que saber. No quiero remover ningún papel,  no quiero ir al archivador y buscar sus cartas ni tampoco, basarme en las entrevistas ni en los retratos que de ella hice. A fin de cuentas, esto último no era más que trabajo mercenario. Ella, Maria Aurelia, se avenía. Hablaba por los codos, me agujereaba con la mirada, me hacía sentir una inquietud imprecisa. Era demasiado para mí. La conocí a los quince años, yo aún llevaba trenzas, y salía de un mundo de leyendas y de Marias Goretti. La conocí a los quince años como discípula suya en la Escola d'Art Dramàtic Adrià Gual, y fuimos amigas toda la vida. Y nos reimos mucho. Ella me enseñó la alegría de vivir. ¿Cómo? No lo sé... Me encontré de golpe con un modelo de mujer diferente. En casa, estaba mi madre y mi abuela que susurraban el placer del mundo de las cosas. Pero no lo podían hacer público. Pagaban el precio de la derrota. La posguerra había helado sus corazones. Sólo dentro, en las casas, las mujeres reían. Pero ella, Maria Aurelia, lo hacía fuera.  Con sus collares de ivori, con sus puros en aquel piso tan pequeño de la Rambla Catalunya, rodeada como una diosa hindú de golfos sedientos de vivir, de aprender, de saber; de reir de otra manera.
Ella me habló de Simone de Beauvoir en un largo viaje que hicimos, sobre las incómodísimas literas, camino de París. No me interesaba la "francesa" educada a la Normale, con sus turbantes y sus mentiras de femme savante. Maria Aurelia Capmany era de los mios, hija de unos cesteros, de una  madre valiente y de un padre que conocía todos los cuentos del mundo. Y nieta del abuelo Farnés, que sabía tanto como Amades. Ella fue para mí la tierra y las ansias de volar, todo a la vez. Discutíamos, ella siempre quería tener la razón. Y a fe que la mayoría de veces la tenía. Maria Aurelia había venido al mundo para ser feliz. Y las tormentas no la privaron de ello. Escribió, hizo teatro, cantó, amó. De todo hizo mucho. No fue mezquina en nada. Ni en el amor por Jaume Vidal i Alcover, ni en la amistad, ni en su arraigo a los muros de esta ciudad a la que ella amó tanto y tanto ayudó para que se transformara. Por eso ha dado su cuerpo, ese cuerpo donde la carne era el alma que le latía. Nunca le faltó el aliento. Porque tenía memoria, no se deprimía. La tristeza la invadía con cuentagotas. Enseguida le daba la vuelta. Era como esta ciudad, acogedora, nada hipócrita.
¡Nos habíamos peleado tanto y con ella fui tan feliz! Por eso no sé si me entenderán; esta ausencia que siento no la puedo compartir". 
Montserrat Roig 4/10/1991
©Fotografía: La Muka

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