lunes, 31 de enero de 2011

IGUALDAD. CAFÉ Y PASTITAS


Hace unas semanas me invitaron a participar en un  desayuno dirigido a esplendorosísimos/-as ejecutivos/-as, en el que, entre café y pastitas, se iba a debatir sobre el Derecho Fundamental a la Igualdad y su implantación de los Planes de Igualdad tanto en las empresas privadas como en las administraciones públicas.
Acostumbro a aceptar estas invitaciones por dos cuestiones:  la primera y fundamental porque creo en ellas y la segunda porque para ello me pagan.
Esta mañana no iba a ser distinto. Cuando he llegado a la sede de la compañía que lo organizaba, he comprobado que el auditorio, de unas 30 personas, estaba formado, en igual número por ejecutivos y ejecutivas. 
La mesa era paritaria, igual número de hombres que de mujeres. Todo perfectamente estudiado para que, al menos formalmente, todo pareciera políticamente correcto.
Hasta aquí todo bien, al menos aparentemente. 
Los cauces de la charla han empezado a desmandarse, en un tono exquisitamente “correcto”, eso sí, cuando alguien ha pretendido desviar el discurso a posiciones de poder. A que las mujeres somos, por nuestra condición, las que en estos momentos debemos dirigir el mundo y a defender poco menos que tenemos derecho a hacerlo tan mal como en el pasado lo han hecho los caballeros que han gobernado los designios de este nuestro planeta. A afirmar, sin rubor, que tenemos el mismo derecho a despendolarnos sexualmente, a despreocuparnos de lo que hay en casa para que se ocupen ellos de ese escenario, a estar largas horas sentadas en despachos, fábricas o donde sea matando horas y que sean ellos quienes se ocupen del cuidado de los niños, etc.
Obviamente, los ojos han comenzado a hacerme chiribitas y a no dar crédito a lo que estaba oyendo, entre otras cosas porque la señora estaba confundiendo la gimnasia con la magnesia y estaba desviando el discurso a posiciones irracionales y dialéticamente peligrosas.
Nada de lo que mi contertulia decía tiene que ver con la igualdad, con el derecho a la igualdad de trato y de oportunidades. Nada.
La señora que daba este discurso creo que va muy equivocada, por mucho género neutro que utilizara en toda su intervención y mucha vehemencia en el disparo de su peligrosas palabras.

La igualdad de trato y de oportunidades nada tiene que ver con si los hombres y las mujeres debemos tener iguales comportamientos despóticos los unos para con los otros. 
Y es que yo empiezo a estar hasta el gorro de ciertos “feminazismos”, en los que el discurso sobre la igualdad se realiza desde posiciones tan recalcitrantemente totalitarias que provocan rubor.
No me cansaré de repetir que existen enormes diferencias entre hombres y mujeres. Diferencias que son patrimonio del género al que pertenecemos y que, en su foro, no son ni buenas ni males, simplemente distintas. En la diversidad y su compaginación está la riqueza social. Debemos aprender a complementarnos, reconocernos y no excluirnos.

Es cierto que algunas de las diferencias esenciales entre hombres y mujeres son culturales, de roles y de tipos y estereotipos incrustados en nuestras mentes que en algunos casos pueden carecer de sentido, pero la historia tiene un peso y a veces nos arrastra. Es por eso, que de lo que se trata es de reconducir comportamientos y formación para que esas diferencias no supongan una perdida de derechos para unas, ni una ventajas para otros. 
Las diferencias no deben justificar jamás, entre hombres y mujeres, una desigualdad en el trato ni en la igualdad de oportunidades.
Creo defender a ultranza mis derechos. El derecho a ser tratada dentro de la comunidad sin que se me minusvalores por mi condición de mujer, estoy segura de haberlo conseguido. Sin embargo, no quiero que se me otorgue ventaja alguna precisamente por mi condición femenina.
Soy lo que soy, y pretendo tener las mismas oportunidades que el señor que se me sienta enfrente. Y quiero lo mismo, porque la igualdad radica precisamente en eso, en recibir el mismo trato en idénticas condiciones y un trato desigual en condiciones desiguales.
No sé si me volverán a invitar. Debo decir que el café estaba delicioso y las pastitas también.