domingo, 9 de enero de 2011

ARCHIVO DE PALABRAS TRISTES

 
Estoy acostumbrada a escuchar mentiras, grandes mentiras. Mentiras de unos y de otros. Gente que intenta venderme una realidad que no existe. Muchas veces me pregunto  si esas personas que me cuenta una historia disfrazada y me retratan unas personalidades exageradas (la suya exquisitamente buena, y la del otro terriblemente asquerosa), son conscientes de que sé que me están mintiendo. Creo que no lo son. Algunos porque creen a pies juntillas las mentiras que cuentan (han creado una historia paralela en su interior, a su medida, y esa  es la que les permite sobrevivir al infortunio personal que les toca vivir en ese momento). Un mecanismo de defensa como cualquier otro. Otros porque creen que si se adornan a ellos mismos y a su historia, les creeré hasta el día que me muera y así haré mi trabajo mejor. Un error en ambos casos. El primero disculpable, todos necesitamos sobrevivir; el segundo, patético.  Los años, la experiencia personal y la profesional sobre todo, me han permitido desarrollar un sexto sentido ante la mentira y el embuste y tener un pilotito rojo invisible al ojo ajeno que me da señales de alerta. En lo profesional pocas, muy pocas veces, en este aspecto, me equivoco, siempre hago caso a las señales de alarma. En eso tengo suerte y los que vienen a mí, también. 

Sin embargo, en el ámbito estrictamente personal no siempre es así. Como a todos, me ha tocado comerme algunos sapos, algunos por no escucharme a mí misma. Cuando ello ocurre, siempre, me pregunto cuál es el motivo por el que alguien, en un ámbito estrictamente personal, cuando todas las cartas están, aparentemente, encima de la mesa puede llegar a mentir. Cuando descubro la mentira, siempre me causa sorpresa y eso termina por ocurrir siempre, las mentiras tienen las piernas cortas. En mis relaciones personales tiendo a ser de una simpleza y llaneza extraordinaria. No tengo dobleces. Cuando digo “sí” es “sí”, cuando por el contrario digo “no” es “no”. Conmigo, en ese aspecto, es muy sencillo. Creo haber cultivado la franqueza entre las personas que me rodean, haber intentado causar el menor dolor posible (aunque sé que en ocasiones es inevitable que otro sufra), ser honesta con los que tengo cerca aún a costa de grandes conflictos.  Por eso cultivo grandes filias y grandes fobias. Por eso los términos medios, en el ámbito personal, no los llevo a gala. Supongo que por eso mismo, por esa cuestión del todo o el nada, ni la mentira, ni la envidia, ni la soberbia, ni el doble juego caben en mis relaciones personales y,  cuando todas estas circunstancias se dan en el otro, me causa una terrible impresión que me obliga a cuestionarme en que puedo haberme equivocado. Sin embargo, la conclusión siempre es la misma, cuando hay embuste no hay equivocación, es que no había otra posibilidad. 
La falta de honestidad da pavor, pero parece que es lo que está de moda. La mentira, la envidia, la soberbia en lo personal, lo pudren todo. 

¿Por qué hablo de esto hoy? Pues, porque al hilo de una conversación mantenida esta tarde sobre todas estas cosas (la mentira, la envidia, las verdades dichas a medias, la soberbia, la necedad, la necesidad de algunos para sobrevivir y sobrevivirse,  etc.), hace que me reafirme en la idea de que, en la elección de nuestras relaciones personales, debemos extremar nuestras cautelas y ser terriblemente exquisitos. Sé que con todo lo dicho no descubro nada nuevo y que a mí interlocutor no le estaba mostrando nada que no supiera él mismo,  ni le he aliviado un ápice de su pena, en este caso no estaba en mi mano. Pero sé que esta charla, óbvia por otro lado, le ha permitido compartir un rato de filia y a mí, con eso, me basta pese a que me ha hecho pensar, una vez más, en todas estas cosas que no son precisamente menudas.

Piensen sobre ello.  Piensen sobre ustedes mismos. Sobre sus relaciones con los demás. Piénsense. Yo intento hacerlo cada día, intentado asumir mis grandes defectos y mis enormes virtudes, sabiendo, de antemano, que pese a todos mis esfuerzos para con los míos, puedo fallarles mucho, muchísimo, pero que ello no será por mentirles en lo fundamental. 
Y me pienso para no olvidar que soy como quiero ser,  pese a quien le pese y  para no olvidar que tengo un piloto rojo que me lo pusieron, entre los dos lóbulos cerebrales, por algo. Esperar del resto lo mismo que tú das no es una gran demanda, pero recibirlo, hoy en día, es cuestión de suerte.