martes, 10 de mayo de 2011

LOS TACONAZOS VAN AL CIELO


Vale, lo sé, cuando una tiene que dar cientos de vueltas por la ciudad, no es una buena idea calzar tacones. Caminar sobre ocho o diez centímetros te deja los pies hechos un cristo y salvo que se tenga vocación de mártir o de sadomasoquista, que no es el caso, una termina odiando esos instrumentos de tortura que, además del dolor de pies, puede provocar una contractura facial por la exagerada contorsión del rostro a base de muecas dignas del mismísimo Jim Carrey, como si con esos gestos faciales se nos aliviara el dolor de pies. Puedo asegurar que las carotas no alivian absolutamente nada.

Así que, para el que no lo sepa, lo de los tacones, ese elemento tan fetichista, en muchas ocasiones, se convierte en una especie de tortura china pero, como decía mi abuela “qui vol lluir ha de patir”, que viene a ser algo así como que: si te duelen los pies pues que te den.

Algunas servidumbres son terribles. Lo de pisa morena, pisa con garbo debería puntuar para entrar en el cielo.

Hoy, tras correr (a todo llego tarde últimamente) más de doscientos mil kilómetros, nada lisos (para los que no lo sepan Barcelona tiene unas cuestas dignas de ser una etapa del Tour de France, como la subida al Tourmalet), llego a casa acordándome de “judas priest” por el dolor de pinreles que gasto y pensando que, si existe justicia divina, mi dolor de empeine me llevará directamente al cielo de los justos. Amén.